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Edipo Banana 

Edipo Banana 

Columnas viernes 10 de abril de 2020 - 00:18

Los grandes gobernantes son producto de la accidentalidad de la historia. Realmente afirmar que un gran gobernante es aquel que se lo propone ser porque su voluntad se predispone hacia ello, es una elucubración que subyacerá potencialmente en la mentalidad del sujeto, pero su realidad, es decir, su manifestación en el mundo, no depende para nada de la voluntad. Desde Kant, es bien comprendida la disociación de ambos momentos. La voluntad y el hecho son cosas diferentes, la primera radica en la sola inteligencia, la otra se manifiesta al mundo ignorante de la voluntad.

Es poco menos que un gesto de ingenua y pueblerina soberbia, autoconsagrarse como “un gran gobernante”, y si los mecanismos de propaganda se activan para inocular semejante noción en una sociedad poco versada en historia, con independencia del hecho malévolo, no deja de sonar a un dictadorzuelo comunista que se hizo llamar descendiente de una divinidad.

El espectáculo de mal gusto es tan cómico para quien, con nociones históricas, comprende que la grandeza del líder normalmente proviene de alguna gesta de proporciones heroicas: una crisis económica, una guerra… una pandemia, o a veces todas juntas, interactuando.

Cuando el rey Edipo llega a una Tebas aterrorizada por la peste y se ofrece a enfrentar la desgracia lidiando con la Esfinge, el monstruo que la provocaba no tenía, previo al hecho, ninguna idea de que un evento fortuito tan miserable le haría lidiar ni más ni menos que con su destino, y con ello, su consagración como “gran gobernante”.

Un gran gobernante sabe aprovechar el momento y, a la manera del rey tebano, resolver el acertijo que le permitió devolver la paz a la ciudad que lo haría su monarca en agradecimiento.

Si la tragedia marca la oportunidad para consagrarse a su destino, que el hoy presidente mexicano haya difundido en su campaña, que “él era el mejor de todos los gobernantes de México”, tenía hoy día una oportunidad de pasar de la bravuconería y charlatanería que marcan el estilo presidencial, a un hecho irrefutable.
Como Edipo, López Obrador debe de lidiar con un muy complicado momento al que desde un inicio respondió en tono burlesco, justo cuando sus criminales recortes al sector salud, y su grotesca campaña en contra de los médicos, se convertían en una peste por sí mismas.

El azar contestó y ahora se requieren recursos desproporcionados ofrecidos miserablemente, contrastando con el programa de gasto a Pemex que obsesiona al gobernante, a sabiendas de que mantener una empresa multiendeudada, es una batalla perdida, en un momento donde existe otro frente urgente para atender. El presidente perderá la oportunidad de matar a la Esfinge, y con ello su pase a la historia como él, en sus delirios, quisiera.

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/CR

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