Aunque nos referimos al PRI como el partido oficial (porque era como una rama más del gobierno) que gobernó durante 70 años, lo cierto es que tuvo tres iteraciones. Plutarco Elías Calles lo funda como Partido Nacional Revolucionario (PNR), Cárdenas lo refunda simbólicamente como Partido de la Revolución Mexicana, y Miguel Alemán hace lo propio durante su mandato, para darle el nombre que conserva hasta hoy, Partido de la Revolución Institucional. Pero resulta que el cambio de siglas, en esos momentos, sí reflejaba una transformación real, si no dentro del partido (no es que se haya vuelto más democrático, ni más honesto, ni nada), sí en las estructuras políticas dentro de las cuales operaba; dentro del país, para acabar pronto.
Lázaro Cárdenas fue el primer presidente que abiertamente se declaró en favor de una clase social específica, los trabajadores. Y la importancia que tuvieron los sindicatos y la representación sindical dentro de su partido, así lo reflejaba, y lo diferenciaba del experimento callista. El presidente Alemán realizó un viraje hacia la modernización económica y esperaba que la política siguiera el ejemplo de forma natural (no pasó), y pretendió consolidar la peculiar lógica del sistema político instaurado para ese entonces, uno donde el presidente era el jefe directo fáctico de todos los poderes (sí, judicial incluido) y de los gobernadores, pero en tanto era presidente, y debía dejarlo todo, o casi todo, cuando un nuevo presidente asumía el cargo. Por eso lo de institucional, que inherentemente se opone a lo revolucionario, pero que de eso se preocupen los que no gobiernan. En fin, el chiste es que las distintas iteraciones del PRI no fueron cambios de imagen como los que ha tenido Pizza Hut o Pepsi, porque fue trabajo de políticos y no de publicistas.
Por contraste, haber manejado el “relanzamiento del PAN” como lo hubiese hecho una marca de perfumes, reafirma la vocación de los políticos de la transición por equiparar la política a la mercadotecnia tradicional, y la administración pública a la administración de empresas. Para explicar el término, me refiero a “cuadros políticos de la transición” como lo hace el autor Rogelio Hernández en su libro sobre el oficio político en México; a saber, los grupos que tuvieron el poder desde el año 2000 hasta 2018.
Aunque dos de los sexenios fueron panistas y uno priista, los rasgos de esas élites tienen más semejanzas que diferencias. Con lo anterior no me refiero al simplismo botanero y resentido que habla del “PRIAN” en los mítines obradoristas, sino a que los tres presidentes y buena parte de sus gabinetes, se hicieron dentro de gobiernos estatales y escaños parlamentarios (cada uno en su momento) y, por ende, compartían algunas obsesiones, como el respeto al federalismo y la normalización del cabildeo legislativo incluso entre miembros de un mismo partido político. Esos presidentes y sus secretarios le daban su lugar a los gobernadores y a los diputados porque ellos mismos lo habían sido, y esa cortesía deviene hasta de forma inconsciente. Además, se acostumbraron a actuar sin la arrogancia de la mayoría absoluta, porque nunca la tuvieron, y el que no puede atropellar, se ve obligado a negociar. Es cierto que la autonomía estatal devino en un feudalismo malsano, como en el caso de los Duarte, y que los acuerdos camerales a veces dieron como resultado el intercambio grosero de votos por privilegios cortoplacistas o – dicen – sobres amarillos. Pero en el fondo había una manera semejante de ver la arena política con las mismas estructuras, los mismos límites y el mismo margen (o falta de margen) de maniobra, y en eso los gobernantes de los 3 sexenios de la transición se parecen bastante. El PRI de Peña, además, nada tenía que ver con el de los tres expresidentes citados al principio de este artículo, sino más bien una marca local que empezó a vender franquicias en otros estados y a los franquiciatarios se les pasó la mano de cochinos.
El nuevo PAN proyectó, al exterior, una especie de segregación dentro de un mismo club que cada vez tiene menos miembros, y menos interesados en adquirir la membresía. Un desplante de fiesta madrugona tipo: “bueno, ahora sí brothers, nos vamos a quedar los puros chidos”. Rarísimo, y me parece que irrelevante.
El sistema de partidos en México sí necesita una reestructuración profunda. Cada partido en lo individual, incluyendo MORENA, requiere una profesionalización urgente. Pero esto, del PAN, no me parece que atienda este grave anquilosamiento sistémico que ha contribuido al nuevo caudillismo mexicano. Parece un truco publicitario ideado por inteligencias medianas que no tienen claro, siquiera, qué producto les mandaron a vender.