Sobre la amenaza de un Reich de mil años, en la Alemania Nazi, donde la brabucona frase nació, por lo menos hasta 1943, antes de la fracasada “Operación Barbarroja” -invasión nazi a la Rusia Bolchevique-, era una posibilidad real. La credibilidad de la frase trascendía a la mera propaganda, pues definitivamente la nación de los germanos contaba con una base sólida que muchos otros países de su mismo tiempo difícilmente tenían.
El alto nivel educativo de Alemania, con instituciones académicas que protagonizaron los grandes desarrollos científicos de la segunda y tercera décadas del siglo veinte, eran un hecho, al grado de que la confianza hacia la milicia al lanzarse en su sangrienta campaña, no solamente se fundaba en el potencial de fuego, sino también en el poder intelectual de sus científicos y técnicos a todos los niveles, desde un grandioso Jefe de Armamento como Albert Speer, hasta el gran jurisconsulto Carl Schmitt, pasando por una corte de especialistas que crearon, mantuvieron y movilizaron una formidable fuerza, en donde las armas se nutrían de un supuesto destino mitológico.
Nadie compararía a los delincuentes nazis con una tiranía bananera Latinoamericana actual, limosneando a una gruesa capa social de ignorantes a los que no les predican con un cuento fabuloso que los saque de su miseria. Para nadie es algo oculto que esa burda jauría, se embarra por el peculio, antes que por los supremos bienes de la Patria a la que demagógicamente apelan para defender “la causa del amado pueblo”.
Los fanáticos nazis también actuaban por y para el pueblo, el líder, encarnación de la voluntad popular, gracias a un extravagante halo místico difícil de exponer en términos racionales, podía conducir al todopoderoso “volks” (pueblo), hacia una gloria mítica comparable a la de “los antepasados arios”, de los que dizque descendían, transmitiendo cualidades “superiores a todos los demás”. Hoy, la ridiculez del mito ario, hiede a lo que siempre fue: burda propaganda, pero en su momento inspiraba el más placentero onanismo de la orgiástica masa:
- ¡Son el pueblo superior! -, y la plebe aclamaba al muy popular Führer en la Plaza, reafirmando su soberanía mediante el griterío de todos esos “herederos de la grandeza blanca” en la que se “reconocían”.
La democracia aclamativa -denominada así por Carl Schmitt- se quiere revivir no mediante el mito de la grandeza, sino de su opuesto: escatología victimista que inspira a los perdedores; a los miserables; a los ignorantes… que distan mucho de la porquería nazi, pero por su decrepitud, a la que su líder ha llenado de demagógicas flores y de programas sociales envenenados. Si duran diez años, será mucho, porque el dinero robado, la mediocridad y sus delitos, no alcanzan para más.