Por Luis Alberto Monteagudo Ochoa
Ovidio, el gran poeta latino, retrata en Las Metamorfosis, una figura de Amor, como un niño alado que lanza sus flechas al azar. Los dioses se enamoran de mortales, sus amados los ignoran y ocurren sendas tramas amorosas que se traducen en el permanente sufrimiento de todas las partes, pues, recordando a Platón, las flechas áureas del querubín enamoran, en tanto las plateadas, el desamor hace presa de los pobres seres. La potencia de la divinidad amorosa, es implacable, provoca los lamentos más famélicos y las historias trágicas como aquellas del monstruoso Polifemo, enamorado de la bella Galatea que ignora sus intensiones provocando la furia ciclópea.
Es común que nos refiramos al amor en su sustrato hermoso, en ese dulce momento en donde nuestra humanidad frágil, expone sus cualidades erotizantes a las que ni los mismos dioses se resisten, pues el encantamiento por el ser amado, abre una ventana al universo donde se contempla el absoluto en todo su esplendor, siendo esos muy queridos ojos, el perfecto plano de las constelaciones cifradas como piedras preciosas en un entorno sin fin. Amar y ser amado es, quizá, una de las experiencias más perfectas a las que pobres mortales como nosotros podemos alcanzar, semejándonos a los mismos inmortales al poseer una potencia tan majestuosa. Cuan triste será una existencia que no haya sido encantada por los dardos de Eros.
La parte violenta, con esa doble cara que ostentan las divinas potencias, es la que proyecta el desamor, al tiempo que es la angustia más terrible la que domina a un corazón destrozado, ya sea por la traición del ser querido, o bien, por su pérdida. Todos recordamos esa famosa página ovidiana donde Orfeo baja a los infiernos para buscar a su amada Eurídice, acordando con Hades, Dios del inframundo, de que a cambio de ofrecerle la armonía de su canto —la música tiene el poder de conmover a la misma muerte—, le devuelva a la querida por la que abandonó la vida. La tragedia comenzaría cuando tras tanto esfuerzo, tantos recursos ofrecidos y desgastes imposibles para mortales simples, Eurídice no sale de las sombras debido a la impaciencia de un Orfeo que ansía contemplar a su querida antes de salir del Hades. Gluck, en su famosa aria J' ai perdu a mon Eurydice, es quizá el lamento de amor más representado, abrazado al cuerpo inerte del ser amado, al tiempo que la tragedia de su pérdida estalla como una explosión que deshace el alma como si fuera cera puesta al fuego.
La filosofía no tendría el sentido que nos representa si no dedicara tanto lógos aplicado a comprender el poder del amor, y cómo acontece esa rendición completa al poder temible del querubín de las zaetas envenenadas.