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Columnas
Esta misma semana el presidente López Obrador afirmó que para ser persona juzgadora no se requiere mayor experiencia. En su concepto, las personas recién tituladas están llenas de frescura e ideales, por lo que ese es el momento ideal para comenzar a ejercer la judicatura como titular. Para cerrar su idea, el presidente hizo una pregunta que respondió así: “¿Que es muy compleja la impartición de justicia? Cuando se actúa con rectitud y no por consigna”.
No comparto la visión del presidente AMLO en cuanto a que para ejercer el oficio de juzgador la experiencia resulta trivial, porque juzgar conforme a derecho pero, sobre todo, hacerlo correctamente es todo, menos simple. El oficio de la judicatura encuentra en el arte de la medicinauna comparación correspondiente. En medicina, lo primero es el diagnóstico, porque solo de un diagnóstico correcto puede derivarse un tratamiento igualmente pertinente. Ese diagnóstico certerono puede darse si el diagnosticante no tiene conocimiento y experiencia suficientes en la ciencia médica y su práctica.
Lo mismo sucede en el campo de la jurisdicción, especialmente, en el de la constitucional. Una fijación correcta del problema planteado a la luz del sistema jurídico exige al diagnosticante -persona juzgadora- atender lo que dicen las partes, entender lo que dice el derecho y valorar con inteligencia el contexto, para poder perfilar una solución útil a las disputas más delicadas en un estado, que son aquellas que se presentan entre los poderes, de un lado, y las que terminan definiendo los contornos y alcances de los derechos fundamentales en asuntos en los que existe un profundo desacuerdo de moralidad política y social, de otro.
Al igual que el actor es intérprete de Racine, y el pianista intérprete de Beethoven, el juzgador, cuando va a fallar un caso, es quien mediante su interpretación da existencia a la Constitución y al resto del ordenamiento jurídico, mediante la elección de entre las alternativas interpretativasposibles, de aquella que le permite descubrir la solución más adecuada fundada en derecho, para dar forma y cauce racional a las disputas políticas y sociales que, de otra manera, terminarían resolviéndose bajo intuiciones de oportunidad política o entelquias convenientes para ciertos sectores.
Ser jueza o juez constitucional significa, ni más ni menos, entender la Constitución de manera equilibrada, a fin de dictar sentencias que permitan a los poderes sostener actos lo suficientemente fuertes y funcionales para satisfacer las necesidades de la República, al tiempo que éstos sean acotados para proteger los derechos fundamentales y el principio democrático, logrando de esta forma una ponderación entre la necesidad de orden de la sociedad y las libertades en lo individual.
Retomo aquí esta parábola de Calamandrei: “En ciertas ciudades de Holanda viven en oscuras tenduchas los talladores de piedras preciosas, los cuales pasan todo el día trabajando en pesar, sobre ciertas balanzas de precisión, piedras tan raras, que bastaría una sola para sacarlos para siempre de su miseria. Y después, cada noche, una vez que las han entregado, fúlgidas a fuerza de trabajo, a quien ansiosamente las espera, serenos preparan sobre la misma mesa en que han pesado los tesoros ajenos, su cena frugal, y parten sin envidia, con aquellas manos que han trabajado los diamantes de los ricos, el pan de su honrada pobreza. También el juez vive así”.
Obiter dicta.
Como sugiere el propio Calamandrei: solamente quien tiene experiencia del alma humana puede llegar a ser juez(a) sagaz, resuelto y voluntarioso.
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