Cada día me despierto en el pasado. A veces, oyendo a un presidente calificando de nazi a otro, porque está en contra del gasto deficitario desde el gobierno; otras ocasiones, viendo a un caníbal con crucifijo acusando de socialista a algún legislador que pretende gravar las transacciones bursátiles. Ayer, con el post de un joven medio leído llamando a sus coetáneos a dejar de pintarse el pelo y "tomar el poder real" para "abolir las relaciones sociales" que producen la desigualdad, y afirmando que el que no lo haga es un fascista.
No es que se estén reciclando los términos y las ideologías nada más (eso pasa siempre), sino que se trivializa su significado y por ende las lecciones históricas que dejaron. Porque ni tu tía Lola que desprecia a los pobres es por ello fascista en automático, ni tu sobrino gay es un ateo comunista que quiere abolir "la familia" como tú la entiendes. El muchacho del post solo tiene que vivir un poco más y terminar los libros que empieza antes de agarrar otros.
Ahora bien, algunas señales discursivas son preocupantes. La tendencia de los izquierdistas a festejar el respeto a la voluntad popular sólo cuando ganan sus favoritos, y lamentar que se deje votar a quienes eligen gobiernos de derecha, exhibe que los extremos se parecen muchísimo (por cierto, a nuestro combativo joven le va a dar algo cuando vea que el socialismo real y el fascismo son como los gemelos Brenan). Por otra parte, el descaro con el que los conservadores llaman al voto apelando a los perjuicios religiosos o a la represión de las minorías, es escandaloso.
En fin, no es una buena época para construir consensos, sino tribus y tribunales sumarios. Y eso nos recuerda que las personas, hoy, no buscan racionalidad y equilibrio, sino identidad y pertenencia catártica. El gobierno que intente actuar como máquina de gestión de demandas sociales mediante políticas sustentables, fracasará. Seguirán ganando los demagogos irresponsables cuyo resentimiento los legítima para destruir sin remordimiento.
Los electorados se mueven, como fanáticos deportivos, entre optimismo infundado y derrotismo huevón; entre miedo y esperanza. Los debates no son de ideas y ni siquiera de alternativas sobre costo y beneficio. Hemos regresado a la feligresía más primitiva. La política es un reality show, pero, por desgracia, sus consecuencias son reales. Es improbable que la automatización creciente del trabajo intelectual o al menos cerebral revierta esta tendencia hacia la ira colectiva e inepta.
Mientras tanto, es oportuno creerle poco, a todos. Si un político dice que la economía va de subida, no compres a crédito. Si dice que la situación está controlada en un municipio, evítalo. El aprendizaje de esta nueva clase política, nacida del nihilismo global, donde los destinos de los pueblos se decidían en consejos de administración, pasará. Cómo todas. Algo aprenderán, a fuerza de destruir países y futuros. Y a ver qué nos toca.