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El circo internacional.

El circo internacional.

Columnas jueves 22 de diciembre de 2022 -

Decir que las relaciones internacionales están de capa caída, sería el understatement of the year. Y para variar México no es más que una gota en este océano de nueva beligerancia gratuita.

El institucionalismo y el estatismo clásico ha dado paso a un populismo y caudillismo histriónico, que sustituye el protocolo por la ocurrencia, la grosería y la ignorancia jactanciosa: al respecto, véanse las declaraciones de Trump, Putin, Modi y Bolsonaro, por ejemplo, por citar sólo a países que importan; entre los bananeros hay múltiples imitadores. Es parte de la congruencia con el personaje de los nuevos políticos identitarios, que le hablan a su base como un líder le habla a su pandilla, con total ausencia de ética de la responsabilidad o total compromiso con la ética de la convicción, según queramos ver el vaso medio lleno o medio vacío.

En ese sentido, hay dos destinos políticos que pueden ser especialmente relevantes para que la tendencia populista siga o se frene: el de Trump y el de Putin. Si ellos caen, serán una especie de historia cautelar para los otros; si salen de esta fortalecidos, no es probable que este estilo de hacer política, de entretenimiento e irresponsabilidad, se revierta pronto.

Por eso importa la historia de Trump, porque le concierne al clima político mundial. Dos comités separados, pero ambos controlados por demócratas, aprobaron dos resoluciones que, si viviéramos en los años noventa, equivaldrían a la derrota irreversible del agente naranja. Uno mandató publicar las declaraciones fiscales de Trump de seis años, y otro recomendó al Departamento de Justicia presentar cargos penales por el asunto de la toma del Capitolio. Pero ya no estamos en los noventa. Los demócratas norteamericanos están siguiendo el libreto de sus instituciones. A los desplantes, ilegalidades y conflictos de interés de Trump, han opuesto la ley, los comités, los litigios, que han durado años y que, apenas ahora, comienzan a sacar resoluciones que parecen poner en riesgo a Trump, tanto financiero como penal. Esto se entiende, puesto que en Estados Unidos, cuando se involucran abogados y dinero, cualquier asunto puede durar décadas (véase por ejemplo, los juicios del Estado contra las tabacaleras que no han concluido y que, al menos algunos de ellos, datan de la era de Bush padre). Sin embargo, hay algo de tibio en esa estrategia, puesto que “el magnate” ha sido denunciado y demandado decenas de ocasiones, y ha convertido los pleitos en parte de su personaje y de su marca. Y como son tan largos y el sistema legal norteamericano es tan transaccional y ambivalente, cada día que el pasa en la calle, su base entiende que lo acusaron sin pruebas, reforzando el discurso de víctima. Cuando el año pasado, Moisés Naím escribió el libro de “La revancha de los poderosos” dijo que este fanatismo ayudado de la posverdad era el mecanismo que los autócratas encontraton para defenderse de la relativización del poder en décadas pasadas. Podemos o no estar de acuerdo pero, si revisamos la historia, es muy raro que a una fuerza política o carismática la frene una resolución jurídica. Simplemente están jugando en planos distintos. Sin embargo, hay una posibilidad de que, si se logra por fin matar políticamente a Trump, eso trascienda: puede hacer que los otros candidatos republicanos, que hasta hoy están siguiendo su mismo manual, se den cuenta de que el electorado ya se hartó de eso, y vuelvan a un tono más civilizado. La gente ve con alivio que el señor T. está debajo de Ron de Santis en las encuestas, sin percatarse de que este último, gobernador de Florida, tiene una postura aún más anti mexicana y violenta que el otro. Y si aquel sale, para variar, absuelto o medio absuelto, será prácticamente una invitación para que su club de imitadores siga creciendo.

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