Este era un cisticerco recién ingresado en el cuerpo de un destartalado caballero, que recién haber cenado unos buenos tacos de carnitas, prontamente se transformó en el dulce hogar del extraordinario huésped, que encontró el camino hacia el centro neurálgico dónde afincar residencia y depositar su prosapia. Extraordinario resultó que en donde todo avecinaba un paseo sin tropiezos, un voluminoso bocadillo obstaculizó el trayecto del inquilino que, abriendo su boquita, recibió el atragantamiento que le quitaría la vida ¡Cuánto sufrimiento habrá pasado la criatura! El tormento de sus últimos suspiros adornados por contracciones y espasmos desesperados.
Cuando el caballero acudió al médico para saber la causa de la terrible migraña, realizarse los estudios pertinentes y enterarse que todo era debido a un cisticerco muerto rumbo a su cerebro, causó tanto asombro a él como al personal sanitario, enterarse que todo se debía al parásito ahogado por un coágulo que irremediablemente provocaría una fatal trombosis.
- ¡Bendita trompa que, poblada por un parásito, tragaría lo que ya presagiaba la condena! -Pensó el sujeto fumándose un cigarrillo, días después, tras serle extirpado el bendito cadáver.
El coágulo, responsabilidad completamente del fumador empedernido, de aquel cuya dieta alta en triglicéridos y nulo ejercicio. Del consumidor ingente de chatarra, despectivo del agua sin la abundancia del azúcar y la pintura con la que condenaba a su organismo a la pesadilla del exceso y su factura. El coágulo y el cisticerco eran la causa y la consecuencia de las decisiones de una voluntad impulcra que, por los azares de la vida, se encontraron en magnitud y violencia en el mismo tiempo y en el mismo espacio, como si la Providencia provocara un milagro porque aún hay cosas importantes qué resolver en la vida.
Sorprendente es que ante la apropiación del estado por parte de una banda de delincuentes resentidos, que históricamente lucran con las miserias de una sociedad desigual en todo, donde el ensueño ideológico ocultó muy bien las auténticas intenciones: el más descarado saqueo a la arcas públicas que habría tenido el camino libre hacia la destrucción del cuerpo público de la nación, simplemente para mantener los antojos de los “don nadie” venidos a más, sólo con el poder de sus hocicos y los complejos de sus fieles enajenados, que en conjunto conformaron a la peor de las clases políticas de un país intoxicado con sus propios mitos. Mórbidos por sus excesos y miserables por sus logros, la perpetuación por mil años habría sido un hecho hasta que…
…El cisticerco, parásito introducido en el cuerpo del estado por un agente externo, gracias a un taco desgraciadamente devorado, en pos de hacer grande otra vez lo que “ya no era tan grande”, resultó atragantarse con el ensueño del fatal coágulo rebosante.