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El contrincante político

El contrincante político

Columnas viernes 01 de septiembre de 2023 -

El conflicto no se encuentra determinado, necesariamente, por superioridades tales, que hagan de su contraparte una entidad degradada. La lucha puede ser desatada exactamente por los mismos intereses que lleva a cada quién a realizar sorprendentes hazañas, o funestos crímenes.

Las conquistas territoriales de los imperios coloniales durante el siglo diecinueve, definitivamente son todo menos una cuestión de superioridad moral de nada. Francia o Inglaterra, usurpando territorios, saqueando sus recursos y esclavizando a sus habitantes, no pueden alardear de protagonizar una obra de confraternidad universal por más y que apelen a la civilización, concediendo legitimidad a sus causas. Los motivaba el saqueo y punto.


Cuando Carl Schmitt, en El Concepto de lo Político, nos remite a que la consideración del enemigo, como un ente que pone en riesgo los intereses públicos de un estado, porque quiere exactamente lo mismo que su contraparte, lo hace digno de la confrontación que motiva a la guerra entre los estados. El enemigo no es tal por alguna propiedad de belleza o fealdad o superioridad o inferioridad moral, es decir, su condición no es tal por estética o ética alguna, sino porque su presencia busca el mismo poder que su contrario.


Las democracias modernas, en su partidocrático juego a la caza de votos y de clientelas sedientas de privilegios, son sensibles a los discursos demagógicos que pretenden hacer de los diversos participantes del poder, una figura denostada por condiciones estéticas o morales, como si el que proclamara tales calificativos ostentara un nivel de superioridad tal, que lo autoriza a ser el juez de una serie de causas donde también él mismo se ha nutrido del mismo lodo.


Los merolicos que puritanamente gritan sus supuestas cualidades, mirando en el ojo ajeno lo que pareciera que no ven en el suyo, como exclamar teorías de la conspiración que señalen malévolos planes en contra de la patria, señalando a supuestos grupos que quieren llevar a candidatos mafiosos al poder, que destruirán los “prodigios” de sus transformaciones sustentadas por la farsa y el odio, donde es más el cuento, que incluso, el miedo a perder el soporte que les permita cohabitar en la impunidad y la violencia que supuestamente ellos no representan.


Cuando lo que todos quieren es el poder, las buenas causas son relativamente dudosas, y cuando hacen apostando en figuras de decrépitas magnitudes, la sospecha en sus mentiras lo evidencian. El contrincante político no es ni más o menos bello; más o menos malo; más o menos justo, porque el riesgo de mezclar discursos espurios, es aprovecharse de supuestos atributos que no hace a los contrincantes estar enfrentados (el poder), sino perversamente aludir a “causas supremas” que lo autoriza a calumniar y denostar personas que posiblemente sean todo lo honestas que él no.

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