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El derecho a equivocarse

El derecho a equivocarse

Columnas lunes 20 de julio de 2026 -



Vivimos en una época que ha perdido la paciencia frente al error. Esperamos que las personas sepan qué decir, cómo actuar y cuál es la decisión correcta, aunque muchas veces solo sea posible reconocer el camino correcto después de haber recorrido alguno equivocado.
Actualmente los errores difícilmente desaparecen. Quedan escritos, grabados, fotografiados o expuestos. Un momento desafortunado puede perseguir a una persona y terminar por definirla. La memoria pública conserva el tropiezo, pero olvida todo lo que ocurrió antes y lo que pudo haberse aprendido después.
Sin embargo, equivocarse no es una anomalía de la condición humana. Es parte natural de ella. Aprendemos a vivir tomando decisiones con información incompleta, interpretando circunstancias que no comprendemos del todo y actuando desde el grado de conciencia de cada momento. Muchas cosas que hoy vemos con claridad solo pudimos entenderlas después de habernos equivocado.
El problema no está en cometer errores, sino en la manera de responder ante ellos. No es lo mismo equivocarse que actuar con dolo; tampoco es igual causar un daño involuntario que persistir en una conducta después de conocer sus consecuencias. Confundir estas situaciones impide juzgar con justicia y puede convertir cualquier falla en una condena definitiva.
Reconocer el derecho a equivocarse no significa justificar la irresponsabilidad. Toda acción tiene consecuencias y, cuando se causa un daño, debe existir disposición para asumirlo, repararlo y evitar que se repita. La responsabilidad cobra sentido cuando permite corregir; el castigo que no deja espacio para el aprendizaje termina siendo solamente una forma de venganza.
La intolerancia frente al error también produce miedo. Cuando una persona sabe que cualquier tropiezo podrá utilizarse en su contra, comienza a callar, a no proponer y a evitar riesgos. Así se pierde la creatividad, la iniciativa y, finalmente, la posibilidad de transformación. Solo quien tiene permitido equivocarse puede atreverse a intentar algo nuevo. Lo ideal podría ser tomar decisiones, siendo siempre conscientes del “margen de error”.
A veces comprendemos y disculpamos los errores ajenos, pero permanecemos atrapados durante años en los propios. Nos juzgamos desde lo que sabemos hoy, olvidando que quien tomó aquellas decisiones todavía no había aprendido lo que ahora conoce.
La madurez no consiste en no equivocarse. Consiste en reconocer el error sin disfrazarlo, asumir sus consecuencias sin quedar reducido a él y convertirlo en una fuente de conciencia. Todos necesitamos tener derecho a equivocarnos, porque nadie posee una comprensión absoluta de la vida.
Una sociedad que acepta esta realidad no es indulgente ni débil. Es una sociedad que sabe distinguir, que exige responsabilidad sin negar la posibilidad de cambio y que confía en la capacidad humana de aprender.

Flor de Loto: No debe temer al error quien está dispuesto a reconocerlo y corregirlo, sino quien necesita negarlo para no transformarse.


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