En mis recuerdos de infancia están las sesiones familiares revisando álbumes fotográficos y las imágenes que me impactaron de tal forma que pudiera describirlas hasta estos días.
Una era de mi padre, con cinco o quizás seis años de edad, sentado en una sillita, la pierna derecha cruzada y luciendo unos rizos dignos de princesa europea. Me costaba reconocer a mi padre en esa postal y me angustiaba que a los ojos de muchos pudiera parecer una niña. Pensarlo jugando con sus muñecos o a ser vaquero, como nos platicaba, me resultaba difícil. Ese instante capturado y celosamente resguardado en el álbum, me representó horas de reflexiones infantiles.
Otra era de mi abuelo Ramón, con guayabera y sombrero, como buen yucateco de su tiempo, sosteniendo con la mano derecha un paquete conformado por tres cajas de zapatos, amarradas con una pequeña soga. La foto bien pudo ser de un momento en que le pidieron posar al partir o llegar de alguno de sus largos viajes de ventas por la península. A mi me llamaba la atención su rostro cansado. ¿Habrá sido feliz el abuelo que nunca conocí? No lo sé. Sin embargo, sé que mi padre lo amó profundamente, con la fuerza que cabe en el corazón de un niño de 10 años, la edad que tenía al perderlo.
Una más es de mi madre y sus amigas. Mi mamá parecía actriz de reparto de película sesentera, de esas protagonizadas por Enrique Guzmán y César Costa. Sus amigas usaban minifaldas y peinados modernos, que a los ojos de un niño, representaban una belleza concebida en otra dimensión.
Pudiera describir decenas de imágenes inmortalizadas en álbumes familiares, incluido mi primer desnudo, evidencia de que en algún momento de mi vida tuve un trasero bien torneado y me fue robado por algún hechizo. Tenía meses de nacido y alguien decidió que era buena idea retratarme bocabajo en la cama, con las pompis llenas de talco previo al cambio de pañal.
Si las fotos descritas se hubieran subido a Facebook o Instagram, cambiaría la forma de mirarlas. Los rizos de mi padre pasarían a segundo plano y ojos voraces analizarían la sillita vieja y el patio con el chiquero de fondo; la del abuelo, por la calidad de la guayabera; la del grupo de amigas de mi madre, bajo la lupa inmisericorde de críticas de moda; mi desnudo infantil, originaría un debate sobre el derecho de los bebés a no ser sexualizados.
Hemos pasado de apreciar la esencia del momento al análisis frívolo de lo que rodea a la imagen. “El diablo está en los detalles”, cita una conocida frase utilizada para no descuidar algún flanco en cualquier actividad. Sin embargo, en la actualidad sirve también para prejuzgar o distorsionar; desenmascarar misterios inexistentes o ridiculizar al protagonista de la estampa. Dicho de otra forma, el diablo ya no está en los detalles, sino en los ojos de quien los busca.
El mundo líquido de Bauman, que privilegia la superficialidad del momento, hace buscar con avidez y ligereza detalles que expliquen a complacencia del observador, no a la luz de la intención del observado. Esta superficialidad niega a Antoine de Saint-Exupéry, quien señalaba que “lo esencial es invisible a los ojos”. Hoy la vista nubla la esencia.
La capacidad de observación define nuestro entorno. Si el diablo no está en los detalles, sino en la forma de buscarlos ¿a dónde nos llevará esta práctica distante de una sociedad que genere valor?
A ningún buen puerto a juzgar de la evidencia y eso debe corregirse con urgencia en las nuevas generaciones.