Cada cuatro años sucede algo extraordinario. Millones de personas, que probablemente nunca llegarán a conocerse, sienten la misma emoción al mismo tiempo. Un gol hace gritar a familias enteras, un silencio invade ciudades completas antes de un penal y durante noventa minutos recordamos que, a pesar de nuestras diferencias, todavía existen motivos capaces de reunirnos.
Quizá por eso el futbol nunca ha sido solamente un deporte.
Lo verdaderamente extraordinario no ocurre dentro de la cancha. Ocurre fuera de ella, cuando descubrimos que un objetivo compartido puede hacer que miles de personas trabajen como si fueran una sola.
Pensaba en ello mientras observaba los últimos partidos del Mundial.
Detrás de cada selección existe una enseñanza que pocas veces comentamos. Ningún campeonato pertenece a una sola figura. Los reflectores suelen quedarse con quien anota el gol decisivo, pero ese momento comenzó mucho antes: en el entrenamiento silencioso, en la disciplina cotidiana, en el compañero que recuperó un balón, en quien corrió sin recibir el aplauso del estadio.
Las grandes victorias siempre son colectivas.
Tal vez esa sea una de las lecciones más valiosas que el deporte puede ofrecerle a la salud pública.
Durante muchos años aprendimos a pensar que la salud dependía casi exclusivamente de los hospitales. Esperábamos que un médico resolviera aquello que la sociedad había dejado de atender. Poco a poco hemos comprendido que el verdadero bienestar comienza mucho antes de que aparezca la enfermedad.
Comienza cuando una familia comparte la mesa. Cuando un niño encuentra un parque para jugar. Cuando una escuela enseña hábitos saludables además de conocimientos. Cuando una comunidad decide cuidar sus espacios públicos. Cuando un vecino entiende que proteger la salud de los demás también significa proteger la propia.
La salud, como el deporte, nunca ha sido una tarea individual.
Ningún médico puede sustituir el amor de una madre. Ningún hospital puede reemplazar la educación que se aprende en casa. Ningún medicamento logra lo que consigue una comunidad cuando decide organizarse, acompañarse y mirar por quienes más lo necesitan.
Con frecuencia hablamos de infraestructura, de tecnología o de presupuestos. Todo ello es importante. Pero existe un recurso mucho más poderoso y, al mismo tiempo, mucho más difícil de construir: la confianza entre las personas.
Los equipos campeones confían unos en otros.
Las sociedades que avanzan también.
Quizá por eso el verdadero legado de un Mundial nunca debería medirse únicamente por una copa levantada o por un estadio lleno. Su mayor legado aparece cuando miles de niñas y niños vuelven a correr detrás de un balón, cuando las familias recuperan tiempo para convivir y cuando recordamos que las metas más importantes sólo pueden alcanzarse juntos.
Vivimos una época en la que con frecuencia se exalta el éxito individual. Admiramos al que llega primero, al que destaca, al que rompe récords. Sin embargo, pocas cosas transforman tanto a una sociedad como la capacidad de construir proyectos compartidos.
En salud ocurre exactamente igual.
Las enfermedades podrán tratarse en un hospital, pero la salud se construye en la familia, en la escuela, en el trabajo y en la comunidad.
Quizá el Mundial terminó con el silbatazo final.
Pero el partido que realmente importa continúa cada mañana.
Y en ese encuentro no existen espectadores.
Todos jugamos para el mismo equipo.