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El fariseo Ackerman

El fariseo Ackerman

Columnas viernes 26 de junio de 2020 - 01:44

John Ackerman, investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM, jurista, profesor, con una trayectoria de lucha por las causas sociales de clara inclinación izquierdista. Famoso por sus artículos críticos con el sistema político, denunciando el enriquecimiento ilícito e incluso un bombardero directo al gobierno del presidente Peña, a través de esas cápsulas incendiarias en RT, una importante agencia noticiosa del estado ruso, dedicada a mantener campañas de desinformación con todo aquello que el Kremlin considere ajeno a sus intereses. El Dr. Ackerman prestó su reputada imagen para convertirse en instrumento al servicio ruso, y en asesor del gobierno obradorista, para difundir los principios ideológicos del nuevo proyecto político morenista.

Irma Eréndira Sandoval de Ackerman, esposa del académico, miembro activo de las filas obradoristas, secretaria de la Función Pública, como su marido, han sido claros difusores de la doctrina presidencial, con una parcialidad humillante. Sorpresa no la causa tanto una militante —cosa no extraña—, sino la de un marido que juega el papel doble de respetable doctor y de bufón, que ha movido sus recursos histriónicos para evitar las consecuencias políticas por el descubrimiento de sus muchas propiedades a las que el sueldo de profesor, simplemente no da. Claro, quizás los cheques del Kremlin —para hacer justicia— a lo mejor contribuyeron para “algo” de su cuantioso patrimonio.

El ser un académico, un investigador y una figura de opinión respetada no es simplemente una vana ostentación para menospreciar a aquellos críticos que no ostentan la cantidad de publicaciones arbitradas que aparezcan en los buscadores científicos —méritos todos ellos justamente obtenidos y reconocidos—, sino que al mismo tiempo son un compromiso moral, como los que por tanto tiempo el corrompido académico no dejó de gritar en cuanto medio se le presentaba.

Un profesor es un título que debe de hacerse valer día a día, no solamente con el conocimiento vertido durante la clase, o la reverencialidad de los estudiantes cautivados por el saber docente. El profesor es un ejemplo de vida, pues se espera ser testimonio de los reclamos, ideales y reflexiones que los estudiosos leemos con respeto. El profesor no se puede dar el lujo de rebajar su figura a la de siervo de un gobernante, pues al mismo tiempo, rebaja tanta luz adquirida al lodo de lo mundano, deshonrando una profesión en donde el honor pesa tanto como en el medievo lo encarnaría un caballero batiéndose en un duelo a muerte.

El profesor, como San Jorge, entabla lid con dragones portentosos que no deben sino aplastarse: la ignorancia, la enajenación, la corrupción, la violencia; el nepotismo… y no convertirse en un fariseo, a la manera de Ackerman, que termina por embarrarse de lo que no dejó de señalar con sus patéticos golpes de pecho: hipócrita.

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/CR

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