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El fetichismo exagerado de las obras de arte

El fetichismo exagerado de las obras de arte

Columnas lunes 17 de febrero de 2020 - 00:53

Después del incidente suscitado en la feria de arte MACO, cuando Avelina Lésper provocó la destrucción de una obra valuada en 20 mil dólares se ha abierto el debate sobre los límites de la crítica y la exageración con la que se fetichizan las piezas de arte.
¿Por qué una obra hecha con objetos tan comunes como un balón de futbol, un cristal, una rama y una roca puede reclamar precios tan elevados? ¿No se supone que en el arte contemporáneo se crean obras a partir de materiales ordinarios justo para acercarlo a la vida cotidiana y dejar de concebirlo como mercancía de lujo que solo las élites pueden adquirir?
En su último comunicado la galería OMR, representante de Gabriel Rico, el autor de la obra destruida, señaló que no emprenderá acciones legales contra Avelina Lésper, pues aceptan que se trató de un accidente, aunque con una responsabilidad de por medio. También hacen hincapié en que se trata de una pérdida total y que para el artista la obra es irremplazable porque no hay manera de volver a reproducirla tal como era. ¿Pero qué es lo que no se puede repetir?
Gabriel Rico en sus piezas se ha interesado por abordar la inquietante fragilidad bajo la que todo equilibrio está amenazado. Sus obras expresan la delicada y a la vez violenta tensión bajo la que algunas cosas están unidas. Su trabajo es conceptual y alcanza una poética que nos remite a la estética japonesa del Wabi-Sabi, donde se valora la fragilidad, el desgaste y las transformaciones que el tiempo deja sobre toda materia.
A diferencia del canon occidental, en el Wabi-Sabi se acepta que las cosas no son permanentes. Un objeto que se ha roto y que después se reconstruye, sin quedar como era antes, puede ser todavía más bello porque hace evidente la fragilidad de las cosas. Por ejemplo, el kintsugi es la técnica con la que se reparan las fisuras de una cerámica quebrada, pero lejos de pretender disimular las imperfecciones de las rajaduras, estas se reparan con oro para evidenciar que el objeto ha cambiado tal como sucede con todo lo que integra el universo.
Es válido que el artista decida no repetir la pieza, pero eso no significa que sea imposible materializar nuevamente el concepto que la sustenta. Los objetos artesanales siempre son piezas únicas a pesar de que se produzcan en serie. Cada uno tiene su propio toque y justo eso es lo que lo hace valioso, esa huella específica que en cada pieza deja el artesano aunque haga muchas de ese mismo tipo.
En conclusión, en teoría el arte contemporáneo utiliza la técnica y los medios masivos con el fin de democratizar el acceso del arte al tratar de hacerlo algo común para la gente. Pero esto dista mucho de lo que realmente ocurre dentro de la lógica del sistema artístico. Ahí los objetos comunes dejan de serlo cuando hay una firma que los respalda agregándoles un valor fetichista. Un valor que en sí mismos no tienen, sino que adquieren cuando se vuelven objetos sacralizados desde el poder simbólico que otorga una galería y la autoridad del mundo del artístico. Inmortalizar la pieza que fue destruida bajo el mito de que es imposible reconstruirla bien puede ser un truco ágil y siniestro para preservar el escándalo.





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