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El infinito cabe en un libro

El infinito cabe en un libro

Columnas lunes 08 de diciembre de 2025 -

Hay libros que llegan como una compañía inesperada, como un pequeño resplandor que se enciende justo cuando el mundo se hace más estrecho. El infinito en un junco, de Irene Vallejo, es uno de ellos. No es solo la historia del libro: es la historia del amor por el libro, la historia de quienes lo escribieron, lo copiaron, lo escondieron, lo defendieron, lo hicieron sobrevivir al fuego, al tiempo, a los imperios y al olvido. Es la historia de cómo la palabra ha sostenido la vida humana cuando la vida misma parecía quebrarse.

En estos días de aislamiento —un aislamiento que no elegí, pero que abrazo porque es parte de un proceso para seguir viviendo— he vuelto a descubrir lo que significa esta obra. Porque El infinito en un junco no solo narra la evolución del libro desde los rollos antiguos hasta nuestros días: narra también cómo los libros nos han acompañado en todos los encierros posibles. En los monasterios, en las guerras, en los exilios… y también en cuartos de hospital como éste, donde el silencio parece tener más peso que el oxígeno.

Lo primero que me conmueve es que Irene Vallejo escribió este libro mientras su hijo estaba hospitalizado. Esa imagen —una madre sosteniendo una historia mientras sostiene la vida de su hijo— se une, inevitablemente, a mi propio lugar ahora. Comprendo profundamente esa capacidad de transformar una habitación pequeña en un universo narrativo. Comprendo la forma en que el miedo, el amor y el silencio pueden convertirse, sin saber cómo, en páginas que respiran. Lo que podría ser un sitio de angustia se vuelve, así, un territorio de creación.

Porque los libros hacen eso: transmutan el espacio.
Una habitación hospitalaria no es solo una habitación; puede ser la Biblioteca de Alejandría, un barco fenicio lleno de rollos de papiro, un taller medieval donde un copista anotaba al margen sus propios temores y deseos. Los libros rompen paredes, traspasan fronteras, multiplican nuestros horizontes cuando la vida se cierra en un solo punto.

He pensado en esto durante mis días de silencio obligado: ¿qué nos sostiene cuando el mundo parece detenerse? A veces es un gesto amoroso, otras un recuerdo, otras más, un libro. Y en este caso, este libro.
El infinito en un junco demuestra que escribir ha sido siempre un acto profundamente humano: escribir para no desaparecer, escribir para explicarnos, escribir para resistir. Y leer, por su parte, es un acto de intimidad que nos permite vivir muchas vidas teniendo una sola.

La narrativa de Irene es cronológica y anacrónica a la vez. Cronológica porque sigue el curso del libro a través de milenios; anacrónica porque lo vuelve presente, urgente, vivo. Ella nos recuerda que la historia del libro es también la historia de quienes lo tocaron: esclavos que memorizaban poemas, jóvenes que robaban rollos prohibidos, bibliotecarios que arriesgaban su vida por salvar manuscritos. Nos muestra que cada libro es un sobreviviente.

Y yo, aquí, acompañada por mis libros, lo entiendo más que nunca: los libros no solo cuentan historias, sostienen a quienes los leen. Son amigos fieles en los momentos donde el mundo se silencia. Son brújulas cuando estamos perdidos. Son la única forma de viajar cuando el cuerpo no puede moverse. Son, a veces, la única piel posible.

Pienso en las historias que me esperan en estas páginas y también en las historias que yo misma estoy escribiendo sin darme cuenta: esta columna, este proceso, esta batalla, este renacimiento que se está gestando lentamente adentro de mí.
Y comprendo algo: que los libros nacen muchas veces en los lugares más difíciles. Que el dolor y la esperanza son también formas de tinta. Que las paredes de un hospital pueden contener, paradójicamente, el germen de algo inmenso.

Si algo he aprendido en este encierro es que las palabras siempre abren una puerta. Que incluso cuando el cuerpo se retrae, la mente se expande. Y que cada libro que amamos nos sostiene exactamente cuando más lo necesitamos.

El infinito, pienso ahora, cabía —y sigue cabiendo— en un simple junco.
Y también cabe, hoy, en mis manos.

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/CR

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