Benjamín Barajas
Es costumbre magnificar la lectura, su importancia en la formación escolar, en la movilidad e interacción social y también como dispensadora de la herencia histórica y cultural de un país o de una comunidad de naciones; como sería el caso de la Unión Europea, que cimienta su carácter supranacional en una unidad de espíritu, cuyas raíces abrevan en las fuentes de los libros sagrados y profanos de la tradición judeocristiana, griega y latina.
La cultura occidental es adoradora de los libros canónicos como la Biblia, la Ilíada y la Odisea, los cuales se han convertido, con el paso de los siglos, en la semilla esencial de la que proliferan nuevas vetas en las minas inagotables de la antigüedad, siempre inexploradas, como el pozo supremo del Tao.
La mistificación del libro ha implicado la idealización del lector; esa criatura inocente y sensible, ávida de conocimientos, de placer, de gozo; siempre dispuesta a emprender el viaje de la lectura o a rescatar el texto de las botellas arrojadas al mar, en una suerte de arrobo y hedonismo, fuera del mundo de lo real.
Pero la historia literaria pareciera desacralizar esta caricatura para dejar al descubierto a un lector egoísta, a veces hipócrita, que busca satisfacer su narcisismo en las páginas de los libros que atrapan sus manos codiciosas. Esta postura aparece, con diversos matices, en el texto ¿Para qué leer? del escritor francés Charles Dantzig, obra mordaz, cáustica, centrada en la literatura y enmarcada en una línea estética retadora.
Para Dantzig, no se debería leer por cuidar las formas, por el qué dirán, ni mucho menos para aumentar las estadísticas; no hay que leer por consuelo, aislamiento o evasión. Según él, la lectura no es edificante, ni hace buenas a las personas; pues ha habido eminentes criminales que fueron ávidos lectores. Tampoco el placer o el gozo lo convencen, hay obras que torturan, que desnudan, que provocan malestar y enfermedad en los lectores; de su lado recuerda al Marqués de Sade, y yo pienso en Las cuitas del joven Werther.
Dantzig dice que lectura no sirve para hacer amigos ni para rejuvenecer ni triunfar en sociedad o en las tertulias literarias; no ayuda a matar el tiempo o anular el misterio. Se lee, entonces, por contingencia o pulsión, para quitar la costra a las obras y los autores que han sido sobre interpretados.
Se lee para reanimar a las momias, para despertar la voz adormecida, para irrumpir en los espacios públicos leyendo un libro. Afirma Dantzig: “Los grandes lectores son alcohólicos tomándose otra copa, obesos sirviéndose más tarta, adolescentes poniéndose otra mano de pintauñas de estrellitas, decoradores multiplicando cachivaches por todas partes, mujeres tumbadas en la mesa de operaciones que, tirándole con dedos de acero de la manga al cirujano, le dicen con voz medio adormilada pero imperiosa: “¡Póngame más pecho!”. Se lee, quizá, por un impulso nervioso.