En la vida pública de México queda claro que el machismo no ha desaparecido. Persiste, así como las múltiples formas de violencia que enfrentamos las mujeres, sin importar la ideología política. Esta realidad nos obliga a reconocer que la igualdad de género no puede reducirse a números o a cuotas de participación. Va mucho más allá de las acciones afirmativas que en cada proceso se implementany de los espacios de representación: se trata de erradicar las profundas desigualdades estructurales y las relaciones de poder que, desde los orígenes del Estado, se han basado en la dominación y la subordinación.
Desde el Instituto Nacional Electoral, encabezado por Guadalupe Taddei en esta nueva etapa histórica en la que las mujeres y los grupos históricamente vulnerados han alcanzado espacios de poder y liderazgo, avanzamos con convicción en los esfuerzos institucionales hacia una democracia más igualitaria. En esta era de mujeres al frente, el compromiso con la igualdad sustantiva no es una declaración, sino una ruta que guía nuestras acciones.
Sin embargo, hay temas que siguen sin ocupar el lugar que merecen en la conversación pública. Poco se dice de las mujeres de la diversidad sexual que trabajamos en el servicio público, que aspiramos a cargos de representación o que tomamos decisiones. No es que no hayamos estado antes: lo que ha faltado es visibilidad de lo que está sucediendo y nadie se ocupa de ello. La fórmula de Rousseau parece haber evolucionado, pero no necesariamente hacia la inclusión: la democracia sigue reservada, muchas veces, para hombres blancos y ahora también diversos, cuya mirada patriarcal insiste en representar agendas que no nos nombran.
Ser hombre gay no garantiza una perspectiva de género, ni mucho menos una lucha real por la inclusión de todas. El machismo sigue profundamente arraigado en nuestra cultura, y su expresión más sutil —y peligrosa— es justamente la invisibilización de las mujeres, incluso por parte de quienes también forman parte de la diversidad sexual.
Nacer mujer en México trae consigo condiciones desiguales; sin embargo, nacer mujer lesbiana significa, además, enfrentarse a la falta de opciones, a la escasa representación y al miedo: de acuerdo con datos del INEGI, apenas el 5% de las mujeres de la diversidad se declaran abiertamente lesbianas, en un país que ocupa el segundo lugar mundial en crímenes por LGBTfobia después de Brasil.
Hace más de 25 años, una mujer lesbiana pisó por primera vez el pleno de San Lázaro para tomar su curul. Rompió con el miedo que muchas hemos sentido; enfrentó estigmas e intolerancia sin redes de apoyo, sin acciones afirmativas, sin tribunales que protegieran sus derechos. De su trabajo legislativo surgió, entre otras cosas, la eliminación de la homosexualidad como agravante en el Código Penal. Su voz fue de las primeras, de las pocas que lograron hacerse escuchar.
Celebrar los avances en acciones afirmativas que obligan a los partidos políticos a postular candidaturas de la diversidad sexual es necesario, pero no suficiente. No cuando las mujeres de la diversidad seguimos sin espacios seguros. Cuando el matrimonio igualitario aún no se reconoce en el Código Civil Federal. Cuando la seguridad social, el acceso a la salud, la protección frente a la violencia familiar o la armonización normativa siguen siendo asignaturas pendientes.
Reconozco que como sociedad también hemos fallado. Nos ha faltado valor, compromiso y empatía. Porque servir a una causa es más que ocupar un cargo. Porque no nacimos para vivir a la sombra, especialmente quienes llevamos el arcoíris como parte de nuestra identidad.
Andrea Gutiérrez