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El suculento botín de las masas

El suculento botín de las masas

Columnas viernes 25 de noviembre de 2022 -

Las gigantes convocatorias populares en el Moscú soviético, jamás tuvieron como resultado la concretización ni de libertades, ni de justicia, ni de mayor beneficio, que el de una demostración de supuesta legitimidad de la que podría hacer alarde el liderazgo de los sóviets, que al mismo tiempo que proclamaban su amor al pueblo, mantenían en el Gulag a miles de disidentes, cuya mayor culpa era no coincidir con la narrativa oficial, que los hacía acreedores no solamente a estas prisiones del Mar Blanco, sino también a hospitales psiquiátricos donde recibían el correspondiente tratamiento por no creer en la dizque causa del pueblo.

Tanta masa y tan ciega. El tumulto desbordante, y una insensibilidad digna de una épica sobre la decadencia más terrible de las sociedades sometidas a la verborrea de sus líderes, en cuyo nombre cometen los más inauditos crímenes maquillados de actos justicieros. Tantos dizque amados, que no salen de su ignorancia, ni de su pobreza, ni del perverso uso que de ellos pueda hacer uso la violencia de una demagogia que se trasluce tras sus banderas y los retratos del líder, al que lo vanagloriaban con tiaras florales como si se trataran de una imágen religiosa.

La cantidad movilizada, no es condición necesaria para la exigencia de un beneficio social auténtico, como en la época soviética, las marchas del oficialismo no se tradujeron jamás en procesos concientizadores de sociedades críticas, sino todo lo contrario. Los usaron para causar el terror estatizador más violento que había experimentado sociedad alguna. El pueblo se transformó en cómplice: eran los delatores donde un niño podría acusar a sus padres de hablar mal del tirano; eran los insensibles testigos de los asesinatos públicos y de las detenciones a intelectuales “contrarrevolucionarios” a los que arrojaban, en el mejor de los casos, en mazmorras miserables donde podrían seguir produciendo conocimiento para beneficio del régimen, pero apartados de una sociedad embarrada en sus propios dogmatismos, conformes con las calumnias arrojadas a sus mejores mentes, conformes con las migajas que desde el poder los mantenía dependientes y callados.

La ignominia de la violencia del aparato, trajo como consecuencia su descrédito, y que la otrora revolucionaria potencia soviética se derrumbara desde sus cimientos, porque la demagogia destruyó la propia narrativa legitimadora de un sistema conforme en sus contracciones. El pueblo no dijo nada durante su apogeo, ni dijo nada durante su derrumbe. Nuevos demagogos llegaron para hacer suyo el suculento botín de las masas.


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