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Columnas
Si las tendencias se mantienen (y nada invita a pensar lo contrario), lo más probable es que el partido en el gobierno vuelva a ganar la presidencia de la República, y la mayoría en las cámaras legislativas. Mucho menos probable es que obtengan las mayoría calificada (un solo partido no puede tener más de 300 diputados, y los aliados de MORENA no están teniendo buenas proyecciones, porque es difícil hacer propaganda diferenciada), pero la mayoría simple suficiente para aprobar leyes secundarias es también relativamente seguro. Las distintas encuestas muestran una diferencia de dos dígitos para la candidata del partido en el gobierno. Algunas, las menos transparentes y de fuentes oficialistas, le dan 30 puntos de ventaja; las de siempre, al menos 15.
Es común que los partidos y movimientos políticos, en un entorno de mayoría de fractura (polarizada, de movilización permanente agresiva) exageren su ventaja y su popularidad, porque tiene el doble efecto de inhibir la crítica de la minoría, y de inhibir el voto opositor, puesto que mientras más lejos se vea la posibilidad de remontar la desventaja, es menos probable que el votante opositor salga siquiera a sufragar su voto.
Lo que hoy tenemos, empero, sí nos plantea la conveniencia de plantear una retórica distinta, de posible reconciliación social, o al menos de un pacto de no agresión, porque el antagonismo gritón y pendenciero ya está en el terreno de los rendimientos decrecientes; ni un voto se moverá de lugar ya, sin importar la virulencia de los insultos o el tamaño de las intimidaciones. Ya es fomentar odio por fomentarlo, de los dos lados.
A un nivel más profundo, lo que podemos estar presenciando es un viraje hacia la competencia interna por el poder político en el país, donde las elecciones generales y el sistema de partidos son más mecanismos secundarios y periféricos, y la verdadera sucesión, así como las verdaderas decisiones, se toman en otros espacios, sea dentro de un mismo movimiento político personalizado (MORENA) sea en los grupos que orbitan alrededor de los poderes transexenales.
Se ha dicho que en México el poder civilista (por oposición al militar) fue un paréntesis que ya se cerró. Podemos aventurar la hipótesis que la competencia abierta por el poder mediante mecanismos establecidos en la ley y con árbitros institucionales quizás haya sido también un paréntesis (que inició en 1994) y que ahora parece cerrarse.
Que nadie se confunda: la lucha por el poder en México siempre ha sido violenta y las reglas muy pocas, pero había reglas; estas eran realistas (exilios auto impuestos, renuncias de toda una institución, purgas internas ordenadas desde arriba) porque también eran flexibles, y la clase política podía ajustarse a ellas.
Matizo las veces que sea necesario: no estamos regresando "a los tiempos del viejo PRI", porque ya no existe el México del viejo PRI. Una de las cosas que es antagónica a esa era es la participación ciudadana. Decenas de millones de personas salen a votar, por la razón que sea y con las emociones que sean, pero votan. Las elecciones se ganan o se pierden.
Por eso ahora se vierten todos los recursos estatales para que sea el candidato/a oficial quien resulte vencedor. Se viola permanentemente la legislación electoral (bastante idiota, por otro lado, porque es un pastiche de ocurrencias de quienes han perdido la última elección) y el inicio de campaña es el día 1 que los funcionarios están en el cargo.
Salvo en bastiones concretos de otro partido (Chihuahua, Querétaro), la contienda está siendo interna. Pero esto tiene otra causa, concurrente: en casi todas partes, los caciques y jefes locales se volvieron morenistas, de modo que no hubo mayor problema en seguir aprovechando los canales de propaganda y adyacencias.
Por eso es interesante la propuesta de Claudia Sheinbaum de que no haya reelección de nadie, en ningún lado. La no reelección es una regla más bien extraña a la democracia, pero sumamente consciente de la historia política de México. Y no es una regla para beneficio del pueblo, sino de la clase política, porque garantiza la rotación de las élites, a todos los niveles. Y eso último posibilita lo que hoy, por lo menos, no hay, cierta disciplina y civilidad en la lucha por el poder.