Con su inconfundible tono de ingenuidad, como de quinceañera en un autocinema, el Banco Mundial acaba de publicar un análisis sumario del año 2021 enfocado en la superción global de la pandemia, y luego de gráficos coloridos y presentación de obviedades como si fueran la gran cosa (los más pobres fueron los más afectados por la recesión mundial, mire usted, quién lo diría), concluye con el gran hallazgo de que la recuperación es desigual, y de hecho reproduce y magnifica la desigualdad entre países que ya había antes del virus. Pero el candor desvergonzado de las opinones no le quita valor a algunos de los datos duros ofrecidos. En particular destaca por su brutalidad el siguiente: para acabar con la pandemia es necesario completar un esquema de vacunación en todos los habitantes del mundo; sin embargo, solo el 7% de la población de los países de ingreso bajo ha recibido una dosis de la vacuna, mientras que en los países con mayores ingresos, este número de vacunados asciende a 75%.
Esta cifra al día de hoy sería auto explicativa, porque las vacunas son pocas (para el número de habitantes del mundo) y cuestan dinero, así que las adquirirá primero quien tenga más dinero; no es física cuántica. Sin embargo, es interesante que no siempre se consideró esta situación como realidad inevitable. Recuerdo un texto, célebre cuando comenzó la pandemia, llamado “Sopa de Wuhan”.
Era una compilación de ensayos de algunos de los filósofos más influyentes, sobre sus primeras impresiones de la pandemia y sus implicaciones para el futuro. Sorprendería hoy releer la ingenuidad de muchos de los artículos que insistían en la “democratización forzada” que el Covid había provocado en las prioridades y tratamiento del problema en el mundo. Los que esperaban una globalización de esfuerzos y soluciones comunes en adelante, olvidan cómo funcionan tres de los pilares de la civilización moderna: el Estado nación, el derecho y el mercado, que juntos provocan una segmentación competitiva entre distintas sociedades. Y la competencia empieza desde que la solución a un problema existe en forma de producto y se vende por dinero (una vacuna, por ejemplo). A partir de ahí todo es lógico y consecuente, si bien despiadado e indignante.
El otro dato interesante es que la deuda global soberana subió más del 50%. Esto implica que todos los países, ricos y pobres, aumentaron considerablemente sus obligaciones y por ende se subraya el estatus que algún autor había descrito con humor siniestro, "vivimos en una época en la que todo el mundo le debe a todo el mundo y nadie puede pagarle a nadie". Pero aquí la desigualdad también se calca, porque Japón o Canadá no se endeudan en las mismas condiciones que Uruguay, Brasil o México (para no hablar de los países africanos o del Caribe). Eso quiere decir que en dos o tres años, los países desarrollados habrán superado por completo la crisis económica, pero los países emergentes y pobres ahora dedicarán lo poco que tienen en pagar su servicio de deuda, y a los gobiernos no les quedará dinero para nada más. En suma, y como siempre, las crisis nunca son igualitarias en su resolución, aunque lo hayan sido en su origen. Quien diga lo contrario no sabe historia, o no tiene vergüenza.