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Evolución.

Evolución.

Columnas jueves 24 de noviembre de 2022 -

El término de “evolución” tiene una carga emotiva, normalmente agradable. Se utiliza en charlas de superación personal, terapias alternativas y en un tipo de literatura gerencial que es una mezcla de las primeras dos cosas. Por eso es tan curioso que la misma idea, desdoblada con otras palabras, se vuelva tan odiosa. El “darwinismo”, específicamente en su vertiente social, ha adquirido tintes de crueldad, falta de empatía o de franca discriminación. En el fondo hay algo bastante difícil de rebatir: la evolución no es sino adaptación al entorno; concretamente, adaptación para la supervivencia. Y esto aplica para las especies animales y vegetales a través de las eras geológicas, pero también para el niño al que no dejan de molestar en el recreo. O te adaptas o pereces, literal o simbólicamente.

Conversando con una amiga, me platicó que acudió a una reunión, en una dependencia pública, de esas que como no son ni secretarías ni organismos descentralizados, sino deformidades administrativas, nadie sabe ni qué hacen ni a quién responden. Esa cómoda monstruosidad les sirve también para perderse entre la baraja política y los tomadores de decisiones no se acuerdan de ellos ni para desaparecerlos; así que ahí están, viendo pasar los días.

En la susodicha reunión, el mandamás, que era un director generalísimo, estaba apoltronado en un sillón de su oficina faraónica, con amigos (vínculos) de otros lugares, y a punto de participar en un Foro de esos cuya única agenda es reafirmar la propia existencia de los participantes (expongo, luego existo). Es un señor - dicen - entrado en años, que usa abre cartas, siempre huele a puro y considera indigno escribir sus propios oficios (no estudió una licenciatura para escribir, sino para mandar). Hasta que le tocó participar, el señor tenía más bien los ojos clavados en un partido del mundial, que estaba en la televisión pegada a la pared. Los convidados comían cacahuates y sabritones, contestaban un mensaje de su celular, respondían una llamada y escupían algún regaño fastidiado, con mueca, más por la interrupción que por cualquier otra cosa. No sé cuánto ganen ahí, pero me parece demasiado.

Lo interesante es que esas estampas, que hoy son exóticas, hasta la década de los noventa eran lo más normal del mundo, y mientras más nos regresamos en el tiempo, peor. Y lo peor no es ese señoritismo inmerecido, en el que un imbécil puede pasar seis, doce, o dieciocho años comiendo sabritones y viendo el fútbol a costa del erario, sino que las personas que entran en esa inercia se vuelven unos inútiles y su declive profesional es como la descomposición de un lácteo: rápida, incuestionable y nauseabunda.

Un ejemplo que sí viví de cerca fue el del Liicenciado Polilla, que me encontré de subdirector enquistado en un lugar en el que trabajé hace casi 15 años. Al llegar, como director joven y honestamente inexperto, traté de darle su lugar y le dije, francamente, que me gustaría aprovechar su experiencia. Pero a los pocos días se me fue revelando con hechos el espeluznante perfil profesional del sujeto: si le encargabas un oficio sencillo a la una de la tarde, estaba hasta la una de la tarde del otro día, porque “su secretaria se iba las 2”. Cuando le sugerí que lo escribiera él dijo que “no era un experto en el uso de la computadora”. Osea que no sabía ni escribir a máquina, ni prender la computadora, nada. A quien sí sabía, lo veía para abajo. Luego me enteré que estaba ahí como el favor de un favor de uno de los notables priístas de la década de los setenta, porque había sido su compañero en no sé dónde. Y había rebotado de trabajo en trabajo viviendo de sus relaciones sociales que había hecho en otro tiempo, sin hacer nada ni haber aprendido nada.

En su tiempo, me dijo airado, un subdirector tenía chofer y 3 secretarias, pero cada vez “estábamos peor”. Yo me fui y él siguió todavía unos años; me contaron que lo terminaron corriendo y se terminó muriendo, aunque no recuerdo en qué orden. Es la negativa a aprender algo por principio; la resistencia tenaz a adaptarse al mundo en el que se vive; la siniestra y paciente construcción de un parásito. Contra lo que pueda creerse, mi intención no es quejarme de esas momias vampíricas, porque las habrá siempre. Es alertar sobre el riesgo de que nos pase lo mismo, que un buen día dejemos de adaptarnos a un mundo que cambia más que nosotros, y nos deje atrás. Que nos veamos en el espejo y se refleje un bulto, un estorbo, incompetente para todo. Toquemos madera.


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