Tengo para mí que una concepción completa de la democracia moderna no puede construirse sin elecciones auténticas, íntegras, debidamente supervisadas. Ante esas ausencias u omisiones no hay proceso de desarrollo político posible. La correcta operación de esas elecciones demanda de las instituciones supervisoras permanecer flexibles a los tiempos e inflexibles en su misión.
En esa dinámica, hay que reconocer que el día de ayer inició la etapa INE 5.0. La primera fue la de octubre de 1990 con la creación de la institución; la segunda la de 1996 cuando el IFE se transformó en autónomo; la tercera con la reforma 2007-2008; la cuarta con la reforma nacionalizadora de 2014.
Tomaron posesión de sus cargos la nueva Consejera Presidenta, una consejera más y otros dos consejeros. Con o sin Plan B, es un cambio de época.
Emocionado por los tiempos por venir, me declaro deudor personal de la institución que, en sus inicios como IFE, que fueron los míos como servidor público, nos ayudó a mí y a muchos funcionarios y funcionarias de mi generación que por entonces empezábamos, a encontrar nuestra vocación y nos dio profesión y oficio; a forjar nuestra convicción democrática, y cimentar nuestra lealtad constitucional y compromiso republicano.
Fue un momento estelar y fundacional de nuestra democracia en el que para participar en su nacimiento, entregamos lo mejor de nuestras habilidades, competencias, fortalezas y tiempo trabajando mucho, aprendiendo rápido, durmiendo poco e imaginando todo, y además, aseguro, con visión de Estado y sentido de República.
Para esta nueva fase institucional más nos vale sumarnos con entusiasmo y coraje. Y es que creo sinceramente que hoy hay en el INE fortalezas suficientes para salir adelante mediante la reflexión, pero también mediante la acción. En 2020, 2021 e inclusive hace un año había tiempo y modo de que el Instituto se modernizara por sí mismo, pero no lo hizo; debió emprender un rediseño general.
Frente a los retos de orden superlativo que toca enfrentar, ninguno menor ni sencillo, el INE es de todos modos una institución sólida, resiliente, acreditada en el mundo entero y con enorme reconocimiento social en México. Sin ella, nuestro régimen político moderno es impensable, intransitable, imposible.
Hoy el INE tiene más proyecto, idea y convicción democrática que nunca. En esta coyuntura, cuenta con más futuro que historia, más horizonte que dificultades, más confianza que dudas, más dignidad que adversidad y más logros institucionales que deudas sociales. Su luz en la constelación institucional es inmarcesible y su impronta en la historia de la democracia mexicana, impertérrita. Que así sea y así siga depende de las y los demócratas que encabezan hoy el Instituto y, claro, de una sociedad que las y los estará observando y evaluando cotidianamente. ¡Que Viva el INE!