Vivimos una era iconoclasta. Por todo el mundo son derrumbadas estatuas de políticos, militares y personajes antes venerados y hoy vilipendiados. No es la primera vez. Tras la desaparición del bloque soviético cayeron miles de monumentos dedicados a celebrar al comunismo. El fin de la Guerra Fría representó una época de feliz iconoclastia, como nunca vista desde la Revolución Francesa. Ahora, a partir de la muerte de George Floyd a manos de la policía de Minneapolis, ha vuelto la fiebre de retirar estatuas de sus pedestales. En Estados Unidos, por presiones de grupos antirracistas como Black Lives Matter, se han retirado estatuas de generales confederados y personajes considerados “racistas”. La moda se ha extendido a Europa e incluso ha llegado a Nueva Zelanda.
La historiadora británica Alex von Tunzelmann acaba de publicar un muy relevante libro: “Fallen Idols: Twelve Statues That Made History” (Ídolos caídos: doce estatuas que hicieron historia). “Las sociedades abiertas tienen el derecho y la capacidad de reevaluar su historia, ponderar los valores pasados a la luz del presente y buscar otros nuevos para guiar su futuro” nos dice la autora, quien centra su análisis en estatuas erigidas para celebrar las hazañas y virtudes de determinados personajes históricos. Relata los avatares de la construcción y caída de doce famosos monumentos, incluyendo las dedicadas a individuos como el rey Leopoldo II de Bélgica, el imperialista británico Cecil Rhodes, Lenin, Rafael Trujillo, el Rey Leopoldo, Stalin y el rey británico Jorge V. Todos estos casos son problemáticos por ser una forma demasiado visible de hacer memoria histórica, un credo de experiencias y acontecimientos los cuales deben ser venerados por la comunidad. Pero las sociedades con frecuencia reconsideran su historia de acuerdo a distintas experiencias como invasiones, liberaciones, revoluciones y otras formas (más tranquilas) de evolución y cambio. Años, décadas o siglos después valores antes imperantes pueden llegar a resultar ofensivos, por lo tanto es perfectamente legítimo rectificar y derruir.
Para sus críticos, la iconoclastia equivale a borrar la historia, pero “¿Y si la estatua fuera de, digamos, Hitler? ¿Olvidaríamos la existencia de la Alemania nazi sin ella? Pasado, presente y futuro siempre debe estar abiertos al debate. ¿Quién puede dudar del heroísmo y la legitimidad de los revolucionarios húngaros de 1956 cuando derribaron la estatua de Stalin o de quienes destruyeron los monumentos de Rafael Trujillo? ¿Cómo aceptar la amnesia selectiva necesaria para honrar con una estatua a Leopoldo II, quien presidió la muerte de unos 10 millones de personas en el Congo? Ninguna versión de la historia puede ser petrificada para siempre.
Como Concluye Von Tunzelmann; “Las estatuas no tienen derechos, las sociedades tienen la responsabilidad de reconsiderar, una y otra vez, sus valores y la forma como recuerdan su historia”.