@arturocarrascoc
En septiembre inicia el proceso electoral 2026-2027. Para ser más precisos, el 10 de septiembre se dará el banderazo para arrancar las más de 500 actividades que llevará a cabo el INE para que podamos votar el 6 de junio de 2027. En estas elecciones se renovarán 17 gubernaturas, la totalidad de la Cámara de Diputados Federal, congresos locales y gobiernos municipales, sumando casi 20 mil cargos de representación.
Sin embargo, aunque el calendario oficial marca que el proceso arranca en unos cuantos días, lo cierto es que la contienda inició ya, al menos en lo que respecta a las campañas. Desde junio —dos meses antes de lo establecido— hemos visto a varios suspirantes promoverse por alguno de los cargos en disputa, bajo figuras como defensores de la transformación, de la patria o cualquier otro membrete que se les ocurra.
Dice el refrán: “si camina como pato grazna como pato y nada como pato, entonces es un pato”. No obstante, tanto Morena, que inició estas precampañas, como los demás partidos que siguieron el camino, insisten en que estas actividades son procesos internos, de difusión, todo menos precampañas; y gracias a este juego de palabras es que han podido promoverse descaradamente por todo el país, sin importar lo establecido en la ley.
El problema es que estas precampañas adelantadas llegan a confundir a los propios aspirantes. En días pasados, Morena dio a conocer a sus “coordinadores de comités de defensa de la transformación y la soberanía nacional” y, ante dicho nombramiento, Rosi Bayardo declaró que ya era candidata. Aunque el lapsus se corrigió de inmediato para aclarar que no era candidata, sino coordinadora porque no son tiempos electorales, el episodio demuestra lo adelantado que estamos en los tiempos, sin importar cómo lo llamen.
Ante esto, caben un par de preguntas: ¿En verdad creen que la gente es tan tonta para no darse cuenta de la maniobra? ¿Creen que engañan a la ciudadanía con utilitarios, promesas vacías y eventos multitudinarios que sólo buscan posicionarlos para alcanzar o retener el poder? Y una más: ¿qué hacen las autoridades electorales?
Esta última pregunta tiene una respuesta clara: prácticamente no han hecho nada. Se ha escuchado una que otra voz aislada tratando de señalar lo evidente, pero realmente no ha ocurrido nada. No hay llamados al orden, amonestaciones firmes ni sanciones ejemplares; nada. Aunque el proceso electoral comenzará en algunos días, hoy nos encontramos inmersos en una pre-pre-pre precampaña que jura no ser campaña.
Lo más grave es que los partidos tienen en sus manos la solución a esta situación pero, como en tantas otras ocasiones, prefieren evadir antes que enfrentar. Podrían, si quisieran, reformar la ley electoral, ajustar los plazos o endurecer los castigos. Incluso podrían adecuar las normas a sus conveniencias —total, siempre ha sido así —; entonces, ¿por qué no hacerlo ahora?
¿Por qué prefieren darle la vuelta a la ley que ellos mismos aprobaron? ¿Para parecer democráticos y respetuosos del Estado de derecho? Una reforma serviría para legalizar lo que hoy es ilegal y que, además, no hace más que restar legitimidad a la ya de por sí deteriorada imagen de los partidos.
Ante la falta de autoridad para poder orden y el evidente desdén por la norma, solo nos queda hacer de tripas corazón y en los siguientes meses soportar el proselitismo que viene y, por supuesto, los excesos de humildad que mostrarán los candidatos. Porque si algo distingue a los políticos en campaña es esa súbita sencillez humana y su interés de demostrar por todos lados su cercanía con el pueblo, no importa que no sepamos de ellos hasta la siguiente campaña.