Vivimos en una época que nos invita constantemente a pensar en nosotros mismos: nuestras necesidades, nuestros intereses, nuestros límites, nuestros proyectos, nuestro bienestar. Nada hay necesariamente equivocado en ello. El problema aparece cuando llegamos a creer que para satisfacer nuestros intereses basta con ocuparnos de ellos.
Casi ninguna de nuestras necesidades transita sola por el mundo.
Para trabajar necesitamos de otros. Para comerciar, también. Para ser escuchados necesitamos a alguien dispuesto a escuchar; para ser reconocidos, a alguien capaz de reconocernos; para recibir afecto, cuidado, colaboración o confianza, necesitamos inevitablemente la participación de otras personas.
Entonces, quizá pensar en los demás no sea solamente un asunto de ética, generosidad o bondad. Puede ser, sencillamente, una conducta inteligente.
Podríamos llamar inteligencia relacional a la capacidad de comprender que nuestros intereses y necesidades se realizan dentro de un mundo habitado por otras personas que también tienen intereses y necesidades, y que por ello resulta conveniente procurar armonizarlos.
Armonizar no significa renunciar a lo propio. Tampoco significa hacer lo que los demás quieren, sacrificarnos por ellos o colocar sus necesidades por encima de las nuestras.
Significa algo mucho más sencillo: incorporar los intereses ajenos dentro de nuestro propio cálculo.
Preguntarnos no solamente: “¿qué necesito yo?”, sino también: “¿qué necesita la persona cuya cooperación requiero?” y, después, “¿existe alguna manera de que ambas cosas puedan convivir?”.
Podemos obtener temporalmente aquello que queremos mediante presión, imposición, indiferencia o aprovechándonos de la disposición de otras personas. Y precisamente porque algunas veces funciona, podemos llegar a creer que ésa es una estrategia inteligente.
Pero obtener un resultado no significa haber construido una relación capaz de seguir produciéndolo.
Si alguien obtiene sistemáticamente satisfacción mientras los demás acumulan frustración, tarde o temprano disminuirá su disposición a cooperar. La estrategia que parecía eficaz comienza entonces a destruir las condiciones que hacían posible su propio éxito.
Quizá por eso una de las formas más inteligentes de procurar nuestro beneficio consista en procurar también que quienes participan con nosotros encuentren razones para continuar haciéndolo.
No necesariamente por altruismo. Por inteligencia.
La inteligencia relacional podría comenzar con un hábito muy sencillo: antes de actuar, recordar que mis necesidades no existen solas.
Yo quiero algo. El otro también. Y mis intereses probablemente transitarán mucho mejor por el mundo si aprendo a armonizarlos con los de quienes necesito para realizarlos.
La inteligencia relacional no exige que dejemos de buscar nuestro propio beneficio. Exige comprender mejor cómo se produce. Muchas de las cosas que queremos dependen de vínculos que pueden fortalecerse o desgastarse según nuestra manera de actuar.
Por eso armonizar intereses no es ingenuidad: es una forma de hacer sostenible la cooperación que necesitamos.
Flor de Loto: Pensar en los demás puede ser, después de todo, una forma particularmente inteligente de pensar en uno mismo.