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Instituciones y riqueza social

Instituciones y riqueza social

Columnas viernes 16 de abril de 2021 - 01:00

Crear instituciones es el deber de un excelente gobernante, donde se comprende la estatura de miras de alguien que prevé dotar de herramientas para el futuro, de generaciones no comprometidas con las limitaciones presentes o los riesgos de un mañana oscuro. Contar con el instrumental para las contingencias de la vida, nos habla del buen gobernante y el buen gobierno. El legado, no comprometido con los azares de la historia, sino con la grandeza de las decisiones que miran hacia la posteridad, definiendo virtud y prudencia en la figura gobernante.

Desarticular la institucionalidad, comprometiéndose con los azares de los comicios, es una apuesta que no acaba de fondo con el problema -la pobreza, la ignorancia, la desigualdad-, ni garantiza la permanencia de un legado que se puede pulverizar o con la propia reconstrucción institucional, o con lo inevitable de lo oneroso de un gasto que satisface momentáneamente, en efectivo, las ansias de una población con carencias, concediendo un aplauso inmediato a algo que termina pendiendo del hilo de una disposición material, cuyo flujo se puede cortar según los vaivenes de la vida pública. Si asumimos que la vida pública está sometida a la fortuna, la fragilidad de la apuesta se exponencia cuando las cuentas se cobren a algo que pudo representar la desarticulación de un sistema efectivo de protección ciudadana. No habrá pretextos ni culpas a quien adjudicar los fracasos de un flujo en constante riesgo de secarse.

El sociólogo Roger Bartra, eminente académico de la UNAM, nos recuerda la importancia de la infraestructura surgida del estado de bienestar durante la posguerra, y en plena guerra fría. Mejorar realmente las condiciones de vida de la población para evitar su pauperización, peligroso nutriente de ideologías fanáticas como las que fueron enfrentadas en la Segunda Guerra Mundial, solamente podrían frenarse con la génesis de instituciones fuertes que redistribuyen efectivamente la riqueza: hospitales, universidades, escuelas de nivel básico, centros de investigación, carreteras y demás constructos que sin llegar en líquido a los ciudadanos, llegaba a través de la manutención de servicios de calidad, que en sí mismos representan un oneroso costo para los ciudadanos, que el efectivo jamás podrá llenar, implicando un dispendio instantáneo para cosas limitadas a la necesidad de los desprotegidos.

Bartra, al más puro estilo de la teoría política clásica, nos recuerda de las amenazas al estado de bienestar, brillante aporte de la socialdemocracia, amenazada por una ultraderecha arropada por un falso discurso de inexistente izquierda, que representa no el fortalecimiento de las instituciones que realmente eleven la calidad de vida de los ciudadanos, sino la destrucción de ellas en pos de un sorprendente, inmediato y tragicómico populismo condenado al fracaso.

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