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Izquierda despótica

Izquierda despótica

Columnas viernes 08 de marzo de 2024 -

Históricamente, la izquierda, en su denominación, nace en la Francia revolucionaria, como una facción, sumamente influenciada por el liberalismo británico y la Ilustración francesa, que encabezaría los movimientos radicales en contra de la Corona y el Clero, en pos de la realización de una serie de principios ideales: “libertad, igualdad y fraternidad”, en nombre de los cuales, estuvieron dispuestos a destruir toda la institucionalidad previa, bajo la premisa de un despotismo exacerbado, causante del anquilosamiento social que mantenía a una importante parte de la población en un rezago feudal indigno de los bienes del progreso.

La revolución francesa, como movimiento liberal, luchó por la eliminación de los órdenes por nacimiento, el reconocimiento de los derechos individuales que fundan los principios de propiedad privada, la división de poderes y claro, un sistema constitucional fundado en una normativa racional, que juzgara por igual a todos los ciudadanos. Efectivamente nuestro mundo es heredero de este conjunto de valores a los que no se les pide muchas cuentas sobre los costos de su imposición.

El jacobinismo, una facción revolucionaria radical, llevó todos los principios bajo la premisa de la destrucción de todo el pasado, produciendo el fenómeno del “terror”, cuando la guillotina sustituyó a la razón, y de paso, dañó desde entonces la supuesta pureza del ideal revolucionario que pretendió imponer sus valores de una forma que ellos mismos habían criticado en el sistema político previo qué, quepa decirlo, jamás se lanzó a una campaña universal de valores en nombre de los cuales, el movimiento político dejó de ser político, para transformarse en un movimiento espiritual -como las guerras de religión-, con la promesa salvífica de reivindicar a todos los agraviados, con el plus, de hacerlo allende las fronteras.

La revolución se exportó idealizada por sus propios valores, eclosionando cuando se convirtió en patrimonio de una nueva élite no igual, sino más autoritaria y sin el límite que el honor aristocrático sí comprometía al viejo régimen no de forma estrictamente legal, pero sí como hecho, ante poderes intermedios generados a lo largo de los siglos. La nueva clase revolucionaria se veía con el dilema de reconstruir un país destrozado por ellos mismos y las invasiones extranjeras, y por encabezar un nuevo orden en donde la burocratización de la sociedad terminó por afianzar una autoridad que mandó a la guerra a un pueblo embelesado por la fraternidad universal.

La tesis de A. de Tocqueville en El Viejo régimen y la revolución en Francia, es que el sistema revolucionario resulta más autoritario que el anterior, porque además de reinstaurar el orden, no encuentra suficiente oposición en los límites que con el tiempo se habían construido en los sistemas anteriores. La promesa de libertad puede ostentar el germen del despotismo, ostentado por el “cesarismo” napoleónico.


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