La llegada del automóvil no sólo trajo la idea de modernidad, progreso y avance hacia el futuro, despertó también un afán de búsqueda, de exploración y aventura. Gradualmente se descubrió su potencial más allá de las pretensiones sociales. Muchos románticos vieron la posibilidad de probar los límites de la máquina y los suyos propios. El lugar ideal fueron los antiguos caminos Reales, que eran casi todos de herradura, muy angostos, llenos de hoyos y piedras, a veces flanqueados por profundas y peligrosas barrancas, sin puentes para cruzar caudalosos ríos y en un estado tal de abandono, que sólo eran recorridos por arrieros, uno que otro jinete despistado y gente del campo que vivía en rancherías o poblados cercanos. Los viajeros sensatos preferían sin dudarlo el ferrocarril para trasladarse de una ciudad a otra. Recorrer en auto dichas vías resultaba en consecuencia todo un reto para los aventureros y arriesgados que no se contentaban con ir a Chapultepec.
La primera excursión registrada se realizó el 1º de noviembre de 1902: cinco autos a vapor, llamados popularmente “locomóviles”, salieron de la Ciudad de México con el fin de llegar hasta la hacienda de Soltepec, Puebla, a 150 km de distancia. Los vehículos fueron conducidos por los señores Rafael Bernal, Hilario Meenen, Antonio R. Cervantes, Hilario Helguero y Pedro Méndez, siguiendo la ruta Otumba, Ometusco, Irolo. Por el camino, los lugareños salían a su encuentro para verlos pasar dándoles ánimos de continuar adelante. Cubrir el trayecto les llevó medio día y no tuvieron percances ni contratiempos serios. De esta manera se inauguró la era de los “raids” o excursiones de aventura. En los alrededores de numerosas ciudades: Saltillo, Pachuca, Puebla, Toluca, se dejó escuchar cada vez con mayor frecuencia el rugido de los motores en su marcha por las rústicas y antiguas rutas del país.
A finales de enero de 1907, Pedro Lange, gran apasionado del automovilismo, realizó la travesía Guadalajara-México, acompañado por los señores Targa, Rubello, Bassini y Estrada, además de diversos guías contratados en cada región a la que llegaban, cosa necesaria, ya que no existía ningún tipo de señalización para orientarse. Eran seis expedicionarios, a bordo de un Fiat de apenas 24 hp, quienes tomaban por turnos el volante o realizaban las reparaciones mecánicas pertinentes. Las condiciones de la travesía fueron realmente duras; iban completamente apretujados, además de sufrir los rigores de la intemperie y las sacudidas del terreno. Poco les importó, pues eran movidos por el ánimo de vivir nuevas emociones y lograr la proeza de ser los primeros en cubrir los 600 kilómetros entre ambas ciudades.
El primer día llegaron a Ocotlán, ahí pasaron la noche; a la mañana siguiente continuaron por un camino difícil y accidentado hasta la hacienda de Monte León; el patrón los recibió con música, cohetes y una enorme mesa llena de manjares. A medida que se regaba la voz, en casi todos los sitios por donde pasaba el Fiat, el recibimiento brindado a sus tripulantes era de auténticos héroes. En la noche del segundo día llegaron a La Piedad; continuaron hacia Irapuato con mejores condiciones del camino, que en ese tramo era más recto y parejo. Sin embargo, al llegar a otro punto sobre el río Lerma no pudieron encontrar un vado o paso seguro. Pedro Lange decidió entonces tomar una acción drástica: con gran riesgo de su vida, mientras sus compañeros permanecían a salvo, utilizó el puente de hierro del ferrocarril para cruzar el río. Lo consiguió, pero rompió una cadena que impulsaba las ruedas traseras. Con la cadena restante continuaron a paso muy lento hasta Celaya, sin poder conseguir la refacción. Tuvieron que permanecer en la ciudad de la cajeta hasta que llegara la pieza, remitida desde México. Con nuevos bríos continuaron adelante devorando kilómetros de camino hasta Querétaro. El final de la travesía estaba casi a la vista, pero, cerca de Tula, el tanque de gasolina se rompió debido a una piedra. Nuevamente tuvieron que pedir auxilio a México y esta vez la demora fue de dos días. finalmente, después de más de una semana de tortuosa marcha vieron las luces de la capital. Lange y su grupo llegaron a las ocho de la noche del 4 de febrero. Continuará…