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LA MAGIA DE UNA MÁSCARA

LA MAGIA DE UNA MÁSCARA

Columnas jueves 18 de septiembre de 2025 -

Llevar el rostro cubierto, usar una capucha para esconder la identidad, es un recurso que generalmente ha dado buenos resultados a quienes se valen de él. Los luchadores enmascarados encierran un misterio y magnetismo que resultan muy atractivos para el público. Si un gladiador quiere atraer sobre sí las miradas, suele recurrir a una máscara y equipo vistosos. Adicionalmente, llevar puesta una capucha le da a quien la porta, una extraña fuerza, difícil de explicar con palabras. Para entenderlo mejor es necesario ver luchar a una persona con y sin máscara, la diferencia es notable. Una máscara transforma la personalidad de aquel que la lleva puesta, pues nadie sabe quién es, y ese simple hecho es una garantía de impunidad; es decir, un enmascarado puede hacer y deshacer sobre el ring, para, una vez terminada la lucha, salir sin ningún problema y perderse en el anonimato de la multitud.

Ningún luchador ha defendido su incógnita tanto como El Santo, epítome del enmascarado. Su celo para mantener en secreto su identidad fue tal, que muy pocos lo conocieron sin capucha. Normalmente, al terminar una función los gladiadores se quitan la capucha en la intimidad del vestidor y, tanto sus compañeros, como los promotores y gente de prensa conocen su rostro. O lo que es lo mismo, sólo son su personaje mientras están en el cuadrilátero y cuando bajan de este asumen de nuevo su personalidad real.

Sin embargo, no sucedió así con el Enmascarado de Plata, porque su máscara llegó a ser como su verdadero rostro. En El Santo capucha y cara se fundieron de tal manera, que parecía formar parte de su piel. Nunca se despojaba de su incógnita, iba a todos lados con ella puesta: la Comisión de Box y Lucha, los vestidores, la calle, los foros de filmación y en los mismísimos juzgados, cuando estuvo enfrascado en un litigio por los derechos del personaje. Lizmark contó que siendo él todavía un novato, a principios de los 1980, llegó a luchar como pareja del plateado, quien por entonces ya estaba cerca del retiro, y que éste nunca se quitaba la máscara ¡ni siquiera para bañarse!

Durante los primeros años de su carrera (iniciada en 1942), El Santo utilizó una máscara hecha de cuero de cerdo sobrante del empleado en la fabricación de balones de basquetbol. Llevarla puesta era un verdadero suplicio, dado que dicho material no permite la transpiración provocando un tremendo sobrecalentamiento. Además, los gajos de balón y las costuras le quedaban marcados sobre el rostro, que terminaba irritado y enrojecido, casi a punto de sangrar. No fue sino hasta que ya siendo un luchador estrella, el plateado tuvo la genial idea de mandar hacer sus máscaras de seda, en lugar del terrible cuero, librándose así del sufrimiento de ser un gladiador encapuchado.

Entonces: ¿por qué no continuó luchando con su nombre de pila, Ruddy Guzmán, y soportó esta tortura por varios años? Simplemente porque la máscara era su fuerza, de ella emanaba la magia que lo convirtió en el gran ídolo popular que fue; sin su incógnita no hubiera sido nadie y jamás habría pasado de ser un simple preliminarista. Él lo sabía, sabía muy bien que si perdía la tapa su carrera se acababa, por eso la defendió siempre como si de la vida misma se tratara.

El Santo era El Santo en casi todo momento. Únicamente en su vida familiar, que era como la de cualquiera, se despojaba realmente de su máscara. Gracias al velo de misterio del que se rodeó, logró llevar a su personaje hasta donde nadie ha podido en la historia de la lucha libre y el cine. Con el tiempo la incógnita plateada llegó a ser el mayor misterio dentro del deporte-espectáculo. Todos querían la oportunidad de hacer caer la máscara plateada; muchos lo intentaron… ninguno lo logró. El Santo ostentó el récord de más luchas de apuesta; desde el principio de su carrera expuso la incógnita y lo hizo constantemente casi hasta el final. En dichas ocasiones se convertía en una fiera capaz de las peores rudezas con tal de conservar la tapa.

Días antes de morir, El Santo se despojó parcialmente de su máscara ante las cámaras de televisión, mientras participaba en un programa sobre la lucha libre, ¡nunca debió hacerlo!, y aunque su rostro en realidad no se vio del todo, le quitó a su personaje algo de su magia. Siempre había dicho: “todo menos mi máscara”, “así llegué y así me iré”. Tal vez fue un momento de debilidad. Hasta el jueves…

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/CR

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