Quienes cultivan las disciplinas técnicas, o las ciencias duras y blandas, suelen preguntar muy a menudo sobre la utilidad de las artes y la literatura en un mundo tan lleno de cosas serias e importantes, como son las de emprender grandes empresas para ganar mucho dinero, vivir entre lujos y después hacer la guerra para conservar los privilegios, y así hasta perdernos en un círculo vicioso, como le ocurrió al matemático de “El principito”, quien contaba las estrellas sin saber para qué lo hacía.
El menosprecio a las artes viene, por lo menos, desde tiempos de Plantón, quien consideraba más útil una silla de madera junto a la mesa que una silla estampada en la pared, y de ahí resultó más benigno para la sociedad un carpintero que un pintor. Desde luego, esta regla se aplica a la poesía, porque para los griegos la poesía es todo acto de creación imaginaria.
Entre los romanos, gente práctica por antonomasia, se pretendió conciliar las polaridades, y de esta manera Horacio pudo afirmar que quien conjuga lo bello con lo útil gana los aplausos del público, y esta prédica prevaleció durante la Edad Media, el Renacimiento y el Neoclasicismo del siglo XVIII, cuando fue frenada por el romanticismo, movimiento que dio rienda suelta a las pasiones, o al desenfreno de las fuerzas del espíritu, para celebrar el “dolce far niente”, o el placer de no hacer nada, como base germinal de las obras artísticas.
En nuestros días prevalece, en amplísimos sectores, la visión de que el arte es una linda manera de perder el tiempo y quienes se dedican a él son mártires de la belleza, o artistas del hambre, para usar una frase de Franz Kafka, pues resulta claro que de ello no se vive, sino de las profesiones liberales que permitirán, a quienes las ejerzan, ser parte de los engranajes de la maquinaria del progreso.
A Borges le molestaba, según nos lo recuerda Mario Vargas Llosa, que le preguntaran para qué sirve la literatura, pues sería lo mismo que cuestionar a un cenzontle o a un canario, un día de primavera, sobre las razones de sus trinos.
En este contexto, los bienes intangibles no se pueden tasar con la misma balanza empleada para cuantificar las mercancías. Se trata de una escala de valores donde el mundo subjetivo, sentimental e imaginario establece nuevas reglas, casi siempre de ficción, para transformar la “Realidad real” en otro espacio en que las cosas nacidas del deseo “verdaderamente sucedan”.
La facultad de construir mundos paralelos es un atributo puramente humano; esta dichosa manía empezó en la profundidad de las cuevas, corrió por las páginas escritas y subsiste en lo mejor de la pantalla grande, pues, como decía Marcel Proust, la auténtica existencia se llama literatura, y de ello dan cuenta Don Quijote y Madame Bovary, habitantes preservados en la memoria de los libros.