Ayer, mientras manejaba rumbo al trabajo, escuché en la radio que la Ciudad de México, por primera vez, en más de diez años, había registrado uno de los índices más bajos de violencia. Me quedé pensando en lo que eso significa para las personas que aquí habitamos, y en particular, para quienes formamos parte de la comunidad LGBTIQ+. Porque cuando una ciudad reduce sus niveles de violencia, se abre la posibilidad de que vivamos con mayor libertad, con menos miedo, con más esperanza.
Nuestra ciudad es tan diversa como la vida misma. Aquí convergen expresiones culturales, identidades y luchas que se entrelazan todos los días. La verdadera grandeza de este lugar está en su gente: en quienes abrazan la diferencia, en quienes entienden que la pluralidad no es un problema, sino una riqueza. Aquí vemos a personas LGBTIQ+ salir a la calle con profundo orgullo, con la frente en alto, celebrando lo que son. Eso también es seguridad. Eso también es democracia.
Cuando hablo del orgullo, pienso en quienes nos antecedieron. En quienes vivieron cuando todo era más difícil, cuando ser visible podía costarte la vida. Porque el reconocimiento legal de nuestros derechos no ha significado el fin de las violencias. Las agresiones físicas y verbales siguen presentes, quizá con menos frecuencia, pero aún existen. Y mientras haya una sola mirada que discrimine, una palabra que hiera o una mano que haga daño, nuestra lucha sigue vigente. Nuestras voces siguen siendo necesarias para tocar las conciencias de esta sociedad.
Hablar del orgullo es también nombrar a quienes aún no pueden ser quienes son. A quienes viven acoso, humillaciones, represiones. A quienes tienen que huir de casa porque su familia les rechaza, a quienes cambian de escuela porque la violencia escolar les impide aprender en paz. A quienes esta sociedad machista intenta reducir, invisibilizar o corregir. Elles también son orgullo. Su existencia es también una forma de resistencia en esta ciudad, que a veces parece utópica, pero aún tiene muchos pendientes.
El orgullo es libertad. Es poder mostrarnos como somos: en casa, en la escuela, en el trabajo, en la calle. Es amar sin miedo, sin esconderse, sin pedir permiso. Es mi familia, que ha aprendido a ser aliada. Es el equipo de trabajo diverso que construye conmigo un mejor presente. Es la persona representante que entiende que los derechos de la comunidad son una causa compartida. El orgullo es el amor que sentimos, sin filtros, sin condiciones.
Durante el mes del orgullo, nuestra ciudad se transformó. El arcoíris se colaba por todos lados: en la radio, la televisión, los edificios públicos, los comercios. Por unos días, sentimos que estamos rodeadas de personas aliadas. Que podemos caminar con seguridad, que podemos tomarnos de la mano en la vía pública sin temor. Que somos felices porque somos libres. Y ojalá ese espíritu no se limitara a junio. Ojalá todos los meses fueran así: con respeto, con empatía, con reconocimiento pleno de nuestra humanidad.
La comunidad LGBTIQ+ que vive en esta ciudad aún enfrenta grandes retos. Faltan políticas públicas, faltan leyes que garanticen derechos. Pero podemos decir, con toda certeza, que nuestra libertad es posible gracias a quienes lucharon antes. Y a una sociedad que, aunque lentamente, comienza a transformarse.
Salir a la calle con orgullo es un acto revolucionario. Es reclamar nuestro lugar en el mundo. Es decir que existimos y resistimos. Que estaremos en todos los espacios, defendiendo nuestro derecho a ser. Hasta que esta democracia nos llame por nuestros nombres. Hasta que cada día sea un día del orgullo. Porque nuestro amor es más fuerte que el miedo.
Andrea Gutiérrez