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Columnas
Estoy hecha de las palabras de mi abuela, el amor incondicional de mis tías, la alegría de mis amigos, la fortaleza de María y del corazón de Alejandra, la mujer que acompaña mis pasos. Yo soy por las que fueron, por las que están y por las que seguirán siendo.
Estos días mientras pensaba en mi colaboración de la semana, vino a mi mente un recuerdo de forma recurrente; debí tener 8 años, era la primera clase a la entrada del receso, la maestra nos había pedido llevar algún objeto que tuviera una relación con lo que queríamos ser cuando fuéramos grandes, recuerdo que al entrar del receso saque mi bandera de México que había tomado del escritorio de mi tía la noche anterior, mis compañeros de clase comenzaron a pasar, impaciente esperaba mi turno, cuando por fin llegó el momento, la maestra preguntó: “¿qué quieres ser de grande?” y mi respuesta fue “gobernadora”, respuesta que causo la inmediata negación de la maestra, afirmando que no hay gobernadoras, hay gobernadores, para continuar diciendo que, aunque que tuviera el cabello corto nunca podría ser gobernador. Esa fue la primera vez que me golpeo el no, unarespuesta cruel para una niña que soñaba, sin embargo, la maestra en aquel contexto aludía a la realidad tan desigual que vivíamos.
Esa tarde, llegué a casa cuestionando lo que me habían dicho en la escuela, algo que para mí no tenía lógica alguna, porque crecí en un matriarcado que marco mi vida, soñó mis sueños y me enseñó que mientras haya un sueño siempre habrá esperanza.
Hoy una maestra de primaria gobierna mi estado, hace un mes, después de 65 hombres, una mujer fue electa Presidenta de México y ese mismo día, Celeste se convirtió en la primera mujer indígena y abiertamente diversa en llegar al Senado de la República. La revolución por fin le hace justicia a Hermila Galindo, porque no podemos olvidar que las mujeres quedamos excluidas de los derechos políticos un gran periodo.
Hicimos nuestro el espíritu nacionalista y construimos la llamada democracia para el hombre blanco y heterosexual; nuestro estado, sus leyes y sus poderes constituidos fueron creados bajo un modelo de ciudadanos de primera y de segunda. Era casi impensable que una mujer pudiera participar en la vida pública y para quienes pertenecemos a la comunidad LGBT, el sueño de una representación popular abrazando nuestra bandera se tornaba inaceptable, porque fuimos pecado y delito.
Hemos visto que el machismo imperante no conoce de centros, izquierdas o derechas, por tanto, es necesario entender que la paridad va más allá de una cuestión numérica y de cuotas de acciones afirmativas en la partición de escaños, se trata de eliminar las desigualdades sistémicas, y con ello las relaciones de dominación y subordinación establecidas desde la concepción del estado mismo.