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La desgracia de ser griego

La desgracia de ser griego

Columnas lunes 06 de septiembre de 2021 -

Benjamín Barajas

La memoria suele ser considerada un privilegio, un don de las personas y los pueblos, recurso mnemotécnico que permite explicar la vida presente como consecuencia de un pasado glorioso, absurdo o cruel; después de todo, somos el producto de una tradición, de un linaje y de un destino.

Pero la memoria excesiva, el peso de la leyenda, la magnificación del mito o la confabulación presente de las naciones, que suelen encontrar su origen en un pueblo antiguo, pareciera destinar a la orfandad a un país que también se cree heredero de aquella antigua cultura, sobre todo si se considera marginado e incapaz de recuperar la grandeza colosal que alcanzaron sus antepasados.

Desde luego, nos referimos a Grecia, a la Magna Grecia, referencia obligada para el mundo occidental respecto a cualquier cuestión de la ciencia, el humanismo, las artes, la religión, la filosofía, la democracia y en fin, de todo lo que constituye el devenir de las naciones europeas y americanas y que, a su vez, ha permeado el curso de la humanidad, incluidas las otras regiones y continentes.

Ante ese lejano esplendor, el ciudadano griego moderno experimenta sentimientos encontrados, por un lado, celebra la riqueza de un tiempo glorioso y por otro sufre un profundo complejo de inferioridad frente a sus mayores, sufre la “incapacidad” de no poder suscitar en sus tierras a un nuevo Platón, a otro Aristóteles o quizá a un trágico universal de la talla de Esquilo.

Nikos Dimou, célebre ensayista y escritor polifacético, desarrolla con particular agudeza el dilema anterior en su pequeña obra maestra La desgracia de ser griego, compuesta de 193 aforismos que combinan profundidad reflexiva con una buena dosis de ironía y sarcasmo, bajo la convicción, acaso, de que la risa es la crítica más seria que podemos hacer a la realidad.

Consciente de que sus palabras son dardos que pudieran lastimar a los buenos espíritus, Nikos Dimou, siente la necesidad de justificarse en un post scríptum donde menciona que el libro deja al desnudo los problemas de la existencia del alma griega, las contradicciones que minan su carácter e identidad, derivadas de su geografía y de su periplo histórico, a partir de la dominación romana, incluidos el imperio otomano y la cristianización primitiva que la acerca más a Rusia que al vaticano o París. Para el autor, los griegos “Están escindidos entre su glorioso pasado y su precario presente, entre su mentalidad oriental y su aspiración europea, desgarrados entre las fuerzas de la tradición (como la iglesia ortodoxa) y la modernidad. Su destino no es un destino fácil.”

En este contexto, Nikos Dimou cuestiona a los tipos sociales de su país: a los comerciantes (ya que el empresariado no existe), a las mujeres y hombres comunes y, sobre todo, a los intelectuales que padecen la enajenación producto de una identidad impostada. Ellos son el ejemplo vivo de la desgracia de ser griego.


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