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La desigualdad iracunda

La desigualdad iracunda

Columnas martes 28 de enero de 2020 - 02:33

El informe de riesgos anual que publica el World Economic Forum siempre es un buen indicador, si no de la realidad mundial, sí de la percepción que tiene sobre la misma la escuela política y económica dominante de los países de primer mundo y las élites económicas de los países pobres (o en vías de desarrollo, dirían ellos). Por eso es interesante que, incluso este cuerpo colegiado de voceros de los grandes tomadores de decisiones y grupos de interés económico, reconozcan que la desigualdad en el ingreso ya es un foco rojo que, de no corregirse, hará cada vez más inviable el modelo hegemónico de desarrollo, que consiste, quitándole los moños y eufemismos, en el libre tránsito internacional de capitales, el control estricto del tránsito de la fuerza de trabajo, y la competencia descarnada de los países pobres para ser paraísos fiscales atractivos como parte de la cadena financiera.
Según el documento de trabajo ante citado, la preocupación por la desigualdad subyace a los recientes disturbios sociales en casi todos los continentes, aunque puede ser provocada por diferentes puntos de inflexión, como la corrupción, las infracciones constitucionales o el aumento de los precios para bienes y servicios básicos. Aunque la desigualdad global ha disminuido en las últimas tres décadas - dicen - , la desigualdad del ingreso interno ha aumentado en muchos países, particularmente en las economías avanzadas, que ha alcanzado máximos históricos en algunos. La OCDE informa que "la desigualdad de ingresos en los países de la OCDE está en su nivel más alto durante el último medio siglo".
Muchos de los que protestaron han sido excluidos de la riqueza de su país y comparten la frustración de que la élite haya capturado ganancias a expensas de otros. Las profundas consecuencias políticas de la desigualdad también pueden socavar el crecimiento económico al hacer que un país sea más difícil de gobernar en formas que van desde impasse legislativos hasta un gobierno completo. Este riesgo se ve acentuado por la naturaleza descentralizada y espontánea de las manifestaciones recientes: con las protestas emergentes, es difícil para los gobiernos negociar con los manifestantes y desarrollar medidas concretas para satisfacer sus demandas.
Este diagnóstico, en buena parte razonable, explica el ascenso de movimientos populistas con alguna variante aislacionista (desde el EU de Trump hasta la Hungría de Viktor Orbán), y básicamente consiste en el intento de las sociedades nacionales de que las decisiones que marcan sus destinos se tomen en su propio país, y no en lugares alejados. El gran problema de la Unión Europea, para no ir más lejos, es que los ciudadanos de ese continente ni se conciben como europeos (sino como holandeses, italianos, o ingleses, para citar el BREXIT) ni les interesa la vaga idea de desarrollo regional a costa de lo que perciben como el perjuicio nacional. En nuestros referentes, poco le importa al ciudadano común el éxito en la colocación de bonos de PEMEX si le suben la tortilla.
Creo que en América Latina se está gestando algo semejante. Sin embargo, al ser el nacionalismo y el resentimiento discursos de varias capas, es imposible saber si esto desembocará en una ola nacional, subnacional o regional. En el caso mexicano, por ejemplo, no sabemos si puede gestarse un agresivo discurso político de “México para los mexicanos”, o “Monterrey para los regiomontanos”. En tiempos de mucha ira y poco diálogo, todo puede pasar. Por desgracia.


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