Dice un dicho popular que “no hay fecha que no llegue ni plazo que no se cumpla” y a México ya le llegó su tiempo mundialista. Este 11 de junio inicia la Copa Mundial de Futbol, la tercera que se celebra en nuestro país, aunque a diferencia de 1970 y 1986, en esta ocasión la organizamos en conjunto con Estados Unidos y Canadá.
El gobierno capitalino ha repetido constantemente, como si de un mantra se tratara, que el mundial “vuelve a casa”. La frase suena bien. Tiene emoción, nostalgia y hasta cierta dosis de optimismo y compromiso con el festejo. El problema es que si hablamos de casa y de fiesta, uno esperaría que después de prestar la casa y preparar todo para recibir a los invitados -así se haya hecho todo en el último minuto-, se tiene el derecho de disfrutar la fiesta, pero no será así.
El mundial será en nuestra casa sí, pero la fiesta no necesariamente será nuestra o al menos no de todos. Los estadios remodelados, partidos, convivencia y consumo será únicamente para quienes puedan pagar por ello. Por supuesto se entiende que debe existir un costo, la FIFA ni ninguno de los involucrados en el evento tienen una vocación franciscana, el problema no en ese, sino los altos precios que han hecho de la experiencia mundialista un lujo para pocos. La fiesta en torno al deporte más popular del mundo, ha terminado en convertirse en un club privado con acceso VIP.
Este mundial de futbol ha sido catalogado como el más caro en la historia de los mundiales y no es para menos. Los precios son tan elevados que en varios países se generó una queja por los costos manejados por la FIFA, incluso el Presidente Donald Trump dijo que no pagaría por un boleto.
Para darnos una idea de los precios y su incremento, en el Mundial de Qatar, en 2022, un boleto para la inauguración costó 618 dólares, para la inauguración en México un boleto se cotiza en casi dos mil dólares, mientras que para la final se cotizan hasta en 6700 dólares, 5100 más que hace cuatro años. Incluso el famoso álbum mundialista ha visto incrementado su costo, volviéndose también el más caro de la historia.
Estos altos precios contrastan con la realidad de los mexicanos. Muchos de los trabajadores que hoy laboran a marchas forzadas para preparar la ciudad, difícilmente podría pagar un boleto sin sacrificar semanas o meses de ingreso. La misma situación vive el 70% de la fuerza laboral que percibe entre uno y dos salarios mínimos. Quienes limpian, trasladan, atienden, venden, vigilan y en gran medida sostendrán buena parte de la operación mundialista, estarán en la fiesta, pero no necesariamente formarán parte de ella.
En Nueva York, el gobierno local logró que la FIFA sorteara mil boletos a bajo costo para residentes, buscando con ello que aquellos que ponen todo la infraestructura y trabajo obtengan algo a cambio. En la Ciudad de México no se buscó estos acuerdos, pero a cambio tenemos los “Fan Fest” cuyo acceso, ante los problemas sociales que se viven en la capital, queda todavía en duda.
El consuelo podría ser ver los partidos en algún restaurante, bar o espacio que lo transmita, siempre y cuando el presupuesto alcance y dicho lugar cumpla con todos los requisitos de la FIFA para transmitir los partidos, a riesgo de ser clausurado de no hacerlo.
La fiesta mundialista empieza y aunque se dice que todos estamos invitados, lo cierto es que solo la gozarán quienes paguen por ello.