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La hipocresía de Ámsterdam

La hipocresía de Ámsterdam

Columnas martes 19 de mayo de 2020 - 00:16

Era más o menos previsible que para buena parte de los críticos de arte la obra cumbre de Rembrandt, uno de los hitos fundacionales de Ámsterdam como capital cultural, fuese El buey desollado (óleo sobre madera) y no La ronda de noche (óleo sobre lienzo). De la primera existen dos versiones, con ligeras variaciones de luz y color. La más famosa se exhibe en el Louvre de París; mientras que la otra, con bastantes menos reflectores, se conserva en la Glasgow Art Gallery and Museum.
Además de haber dedicado buena parte de su obra a episodios bíblicos y mitológicos y, en menor medida, al socorrido paisajismo, Rembrandt exploró en los estertores de su carrera con el llamado bodegón, también referida como pintura de naturaleza muerta, un género que propone representar objetos sin vida, como animales de caza, frutas, flores, utensilios de cocina o antigüedades. La mayoría de autores se sirvieron de este tipo de atmósferas para proyectar serenidad, bienestar y armonía mediante una fina iluminación y un sortilegio de color; Rembrandt, como buen alma barroca, abordó el género para manifestar todo lo contrario: un mundo de contrastes y dramatismos. Por eso, El buey desollado es, más que una obra de arte, una inquietante metáfora de la muerte.
Confieso que, víctima de mi mirada cándida y palurda, me conmocionó más La Ronda de noche, ese mastodóntico óleo que se exhibe en el Rijksmuseum. Debieron ser sus desmesuradas dimensiones (363 x 437 cm), la enigmática figura del capitán Frans Banninck Cocq, protagonista de la puesta en escena, o la obsesión que despertó el cuadro en Napoleón Bonaparte tras imponer a su hermano Luis en el trono de Holanda.
Hablo de todo esto a propósito del Día Internacional de los Museos y porque recién descubrí, por razones misteriosas, que la relación de Rembrandt con Ámsterdam fue menos idílica de lo que suponía. Sumido en la más absoluta miseria, su muerte pasó inadvertida. He lidiado con este sentimiento antes (con Franz Kafka, en Praga, para no ir muy lejos). Pudo haber sido mucho peor, menos mal que comienzo a familiarizarme con el desencanto.



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