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La muerte y el Coronavirus

La muerte y el Coronavirus

Columnas lunes 30 de marzo de 2020 - 01:25

Por Hugo Valdemar

Como al inicio del cristianismo, los hombres de nuestro siglo se caracterizan por la “impiedad”, es decir, esa incapacidad —nacida de la soberbia— que se niega a reconocer a Dios. El famoso predicador pontificio, el P. Raniero Cantalamessa, lo explica estupendamente cuando dice: “El mayor pecado, el principal motivo de la ira divina, para San Pablo está en la impiedad, que consiste en negarse a glorificar a Dios y a darle gracias. En otras palabras, consiste en negarse a reconocer a Dios como Dios, en no tributarle la debida consideración. Podríamos decir que consiste en ignorar a Dios, lo cual no significa, sin embargo, no saber que existe, sino hacer como si no existiera”.
Pero los hombres no pueden vivir sin Dios, y si han quitado al Dios verdadero, entonces se han endiosado a sí mismos, y su poder es la ciencia, la economía, el conocimiento, el bienestar, la riqueza, el placer y la prolongación de la vida, pensando que, a fuerza de hacerlo, llegará el día en que vencerán la muerte.
Pero la muerte no la ha podido vencer el hombre, la actual pandemia del coronavirus ha sido el miércoles de ceniza que le ha hecho recordar una trágica realidad a la humanidad: “acuérdate que eres polvo y en polvo te convertirás”. La grandeza del hombre es de asombro, pero más asombrosa es su fragilidad, sus pies de barro, basta que un simple virus venza nuestro sistema inmunológico para que todo se derrumbe.
En todas las culturas antiguas siempre estuvo presente la muerte porque el hombre sabía que era parte de la vida y no se había vuelto tan arrogante o insensato como para evadirla y esconderla como nuestra sociedad lo quiere hacer ahora, por eso, cuando de pronto muestra su rostro se experimenta aterrorizado e impotente.
Lo más sensato no es evadir la muerte, o ignorarla sino tenerla siempre presente a fin de estar preparados, aquello que Jesús nos decía: “estén atentos porque nadie sabe el día y la hora”. Antiguamente, entre el pueblo cristiano había una hermosa costumbre de pedir a Dios la gracia de tener “una muerte santa”, es decir, en gracia de Dios, en paz con los demás y asistidos por los sacramentos. ¿Terminada nuestra breve vida terrenal, qué gracia más grande podríamos pedir, sino morir en amistad con Dios y continuar ahora sí con la verdadera vida que no se acaba?
Si tenemos fe no tenemos por qué temer a esta pandemia, nadie morirá antes o después del día que Dios nos tiene asignado, porque nada escapa a su providencia, así que debemos actuar con responsabilidad con nosotros mismos y con los demás, practicar la misericordia, volvernos a Dios y pedir perdón por la impiedad del mundo, por la arrogancia de los hombres, por nuestros pecados personales y los de los demás, y decirle como Santa Teresa de Jesús con todo abandono: “Soberana Majestad, solo hallo paz aquí, ¿qué mandáis hacer de mí?

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/CR

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