Por José García Sánchez
La rancia inercia de la derecha sin historia evoca tiempos lejanos donde la autolaceración era un acto de fe. La llegada de los alcaldes panistas a los escudos de los policías rememoraba una de esas películas sobre la Roma antigua, donde se creaba un espectáculo violento para que el pueblo tuviera con qué entretenerse para paliar el hambre.
Roma antigua o Centro Histórico, Senado Romano o Asamblea Legislativa, el Coliseo o la calle transitada, se fundían y confundían en el tiempo donde las caras buscaban desesperadas el garrote para sangrar y mostrar que también en la derecha hay pueblo, que los conservadores también lloran. También la derecha marcha a pesar del sol o la lluvia.
Comedia y tragedia, viajaban por el tiempo, en la atmósfera postelectoral, entran a la escena colocando en primer plano la sangre, como en los espectáculos más populares del circo romano. Los gestos de dolor congelados en busca de la mirada del pueblo que pide más sacrificios como mérito para alcanzar el reconocimiento del aplauso facilón. Los cabellos despeinados a propósito. El llanto sin lágrimas.
La arrogancia y el ridículo mostraban una pelea desigual pero no por ello menos feroz.
La sobre actuación perpetua, la improvisación evidente, los valores de un conservadurismo que no abandonan ni frente al dolor como la fe, el dolor, el dogma, el fanatismo, la autoridad. Espectáculo grotesco y populachero dirigido a convencer de que en esta película hay un malo, el tirano, represor el dictador, el emperador, el que condenó a la cruz a santos y ladrones.
No importaba el dolor propio cuando se lucha por exterminar el dolor del pueblo. Haya que aventarse contra el muro de escudos que esconden espadas que prolongan la agonía y el dolor que sólo puede aliviar la fe en el mundo abstracto.
En el centro histórico de la Ciudad de México el espectáculo circense se convirtió también en un sacrificio humano donde se autoinmolaron con el fuego histriónico de los medios voluntariamente buscaban de reojo los reflectores. Los fanáticos dan su sangre y entregan su vida a la historia y a las cámaras.
La fiesta pagana afuera del Congreso capitalino donde los tribunos aumentaban impuestos y restringían actos de libertad (de robar) había sucedido a imagen y semejanza del parto de nuestra era. Más de dos mil años concentrados en el espectáculo de sangre y lucha contra escudos y toletes de la guardia del emperatriz. No hay heroicidad sin sangre y los conservadores, nostálgicos del circo romano, colocaron sus rostros frente a los escudos multiplicados por una represión imaginaria que forzaban a exaltar su hazaña.
Las imágenes pueden ser de hoy o de hace dos mil años, las causas casi las mismas, la comedia con los mismos fines, darle al pueblo PAN y circo.