La tipificación de los nuevos tipos de violencia sirve para combatir abusos culturales y demoler estructuras de opresión, pero también hace más complejo el estudio de cada una de ellas en lo individual; porque no es lo mismo el acoso escolar, el desamor, la extorsión, y el genocidio. Tienen incentivos distintos y se combaten de manera distinta. Cuando hablamos de violencia política, que es la que sufrió Carlos Manzo, ex alcalde de Uruapan, hay que estudia su diferencia especifica. De entrada, esta violencia se focaliza dentro de la arena de la lucha por el poder y el control social, pero también, desde un punto de vista democrático, distorsiona los mecanismos institucionales que permiten elegir y mantener a quienes toman decisiones colectivas en representación de todos.
Considero que para este tópico es útil regresar a Hannah Arendt. Para la autora, la violencia y el poder no solamente son distintos, sino, en circunstancias extremas, incompatibles. Esto porque para ella el poder es más que la capacidad de sustituir la voluntad ajena por la propia; está imbuido de legitimidad y, por tanto, de autoridad. A diferencia del poder, que puede ser un fin en sí mismo, la violencia es siempre un instrumento. Además, por sí sola es incapaz de crear poder, y solo debe usarse cuando el poder legítimo esta amenazado; incluso llega a decir que, donde hay poder en estado puro, no puede haber violencia, y donde lo único que hay es violencia, no puede haber poder. Esto implica que, mientras el poder puede tener una legitimidad pasiva y estable en el tiempo, la violencia necesita en todo momento de una justificación.
Lo anterior está en línea con el hecho de que un orden jurídico no puede depender, para su eficacia, solo de la amenaza de sanción; y es por esto también, que aumentar las penas para un delito rara vez disminuye su frecuencia.
Específicamente en Uruapan, según los últimos datos del semáforo delictivo, los delitos de mayor incidencia, los que están por encima del promedio nacional, son las lesiones, la violencia familiar, la violación y el feminicidio. Ni el homicidio ni el narcomenudeo. Esto, si bien no nos permite descartar que el asesinato del alcalde esté relacionado con cárteles, si nos obliga a evitar las explicaciones simplistas de siempre. Y es que lo más vergonzoso, para variar, es la indolencia con la que se crean narrativas en el espacio público por los sicofantes de ambos lados. Mientras unos no tienen empacho en decir que el alcalde “se la buscó” por andar provocando a gente peligrosa, otros califican de montaje distractor la agresión sexual que sufrió la presidenta de México mientras caminaba en el zócalo. Como si eso resolviera algo.
Lo cierto es que la violencia en México, si bien ha estado presente desde que somos país (recomiendo la historia mínima de la violencia de Pablo Picatto sobre el tema) lo cierto es que ha mutado. No es lo mismo la violencia revolucionaría, que la violencia familiar, económica, criminal o política. Durante el año electoral de 2024, fueron asesinadas más de 30 personas que buscaban un cargo público. Ahora están asesinando a quienes ya lo habían ganado; algunos, como Manzo, con inmensa legitimidad popular. Pensar que esto no tiene que ver con amenazas concretas a los intereses políticos y económicos de grupos criminales, es una ingenuidad; y negar que parte del problema empieza desde la perversa relación que guardan el dinero y la política en un escenario de campañas permanentes, es otra.
Se entiende que la estrategia más inmediata del gobierno federal sea la de anunciar un plan para Michoacán como la gran cosa, porque la contención de daño mediático debe hacerse desde el primer momento. Pero esto da la impresión, equivocada, de que la violencia política en México está focalizada territorialmente, y además, de que tiene una solución de corto plazo. Los políticos, sobre todo a nivel municipal y estatal, necesitan enormes cantidades de dinero para competir por un cargo. Ganen o pierdan, diversos actores, legales o ilegales, han invertido en esas personas y esperan retornos sobre su inversión. En el peor de los casos, si pierde su gallo, están dispuestos a matar a quien ganó, para mandarle un mensaje a quien le siga.
Desde el punto de vista del incidente individual, el homicidio de Carlos Manzo requiere que el aparato de procuración de Justicia actúe de la manera más ágil posible para encontrar y condenar a los responsables. Pero desde el punto de vista estructural y de normalización de la violencia política, hay que empezar por ese otro lado, el de la relación cada vez más perversa y simbiótica entre el dinero y la competencia electoral.