Desde el corazón de Tepito, ese barrio que nunca se rinde, quiero hablar hoy de algo que está cambiando a México desde sus raíces: la fuerza de las mujeres. No es una frase bonita ni una consigna de ocasión. Es una realidad que se siente en las calles, en los hogares, en los espacios de decisión, y que hoy impulsa la Cuarta Transformación de nuestro país.
Durante siglos, las mujeres hemos tenido que abrirnos paso en un mundo que nos negó voz y voto. Pero aquí estamos, y no solo participando, estamos liderando. Hoy somos legisladoras, trabajadoras, comerciantes, científicas, maestras, madres y defensoras de causas justas. Desde cada trinchera, sostenemos la vida y construimos futuro.
No podemos hablar del presente sin reconocer a las mujeres que abrieron el camino. Leona Vicario, considerada la madre de la patria, fue más que una heroína fue una mujer que desafió el poder establecido para financiar la independencia. Josefa Ortiz de Domínguez arriesgó su vida para liberar a México. Carmen Serdán alzó la voz cuando las mujeres aún no podían votar. Rosario Castellanos usó las palabras como armas de libertad. Y en tiempos más recientes, mujeres como Rosario Ibarra de Piedra, Ifigenia Martínez o Elena Poniatowska nos enseñaron que la política y la lucha social también se escriben con ternura y valentía.
Todas ellas representan un mismo espíritu, el de no aceptar los límites que otros intentan imponernos. Y ese mismo espíritu vive en las mujeres del barrio, en las que levantan el puesto al amanecer, en las que sacan adelante a sus familias, en las que organizan a la comunidad cuando hace falta, esas mujeres son el rostro más puro de la transformación.
Desde la Cámara de Diputados, tengo claro que nuestro trabajo no puede quedarse en los discursos. Hay que legislar con perspectiva de género, garantizar presupuestos con justicia social, y promover políticas públicas que reconozcan el valor del trabajo doméstico, la economía popular y la seguridad de todas. No se trata de pedir privilegios, sino de construir igualdad real.
La 4T ha dado pasos firmes en ese sentido. Hoy, México cuenta con más mujeres que nunca en el Congreso. Tenemos un gabinete paritario, una Presidenta que ha hecho historia y un movimiento que entiende que sin nosotras, no hay transformación posible. Pero falta mucho por hacer: erradicar la violencia de género, asegurar condiciones dignas de trabajo y reconocer el aporte de las mujeres en todos los niveles de la vida nacional.
Desde Tepito, sé que ser mujer no es sencillo, pero también sé que ninguna de nosotras camina sola, cada conquista, cada ley, cada avance, ha sido fruto de la organización, de la solidaridad y del coraje colectivo. En el barrio aprendí que la unión hace la fuerza, y esa es la lección que hoy llevamos al Congreso.
Porque ser mujer es también un acto de esperanza, esperanza en que el esfuerzo de hoy siembre un futuro más justo para las niñas que vienen detrás. Esperanza en que nuestras voces ya no serán silenciadas, sino escuchadas con respeto y esperanza en que cada paso que damos, desde Tepito hasta el Congreso, deja huellas que marcarán el camino de las que aún sueñan con cambiar su destino.
Porque transformar México no es solo un proyecto político, es un acto de amor por la vid y las mujeres, con nuestras manos, nuestras ideas y nuestra esperanza, estamos al frente de esa tarea.
La historia nos mira con respeto, pero también con expectativa. A las nuevas generaciones les toca continuar este camino. Y desde donde esté, cada mujer que lucha, que enseña, que crea o que cuida, forma parte de este gran movimiento que no tiene marcha atrás.
María Rosete