Hay cifras que funcionan como espejos hondos de la realizad social: devuelven la imagen del país que somos y del que podríamos ser. Los resultados del Módulo sobre Lectura (MOLEC) 2025 del INEGI provocan preguntas que, más que responderse con rapidez, exigen ser meditadas.
La lectura -esa conversación silenciosa entre una conciencia y un texto- es una de las llaves originarias de la vida democrática, la sensibilidad ética y la imaginación política. Desde Platón, que en El Fedro presentaba a la escritura como memoria del alma, hasta Hannah Arendt, que veía en el pensamiento narrativo la condición esencial de la ciudadanía, los filósofos han insistido en que leer es una forma de ser en el mundo.
Los datos de 2025 revelan una realidad ambigua. Ocho de cada diez personas alfabetas leen algo, pero las cifras se sostienen en gran medida porque la medición incorporó blogs, páginas de internet y foros, materiales que -aunque valiosos en su diversidad- no equivalen, en rigor formativo, al libro, la revista o el periódico impreso. De hecho, la lectura de libros en áreas urbanas es apenas de 45.4 %, una cifra semejante a la que teníamos en 2018; y la lectura de revistas y periódicos sigue en caída sostenida, poniendo en entredicho la política cultural y editorial del Estado.
La inclusión de nuevos soportes digitales parece explicar el “aumento” abrupto de la población lectora entre 2024 y 2025. Pero aquí es necesario detenerse. Como diría María Zambrano, no toda luz ilumina: hay luces que enceguecen. La lectura en pantallas es abundante, pero dispersa y fragmentaria. Incorporarla a la medición amplía el universo de lectores, sí, pero una política cultural seria debe distinguir entre “ancho de audiencia” y profundidad de experiencia.
¿Qué implica que la lectura de libros impresos disminuya, que las revistas culturales pierdan presencia y que los periódicos -depósitos de la conversación pública- sean cada vez menos consultados? Se percibe en esto una erosión de las prácticas que requieren permanencia, concentración y diálogo interior. Implica también que el Estado ha fallado en sostener un ecosistema editorial que permita a las personas acceder a materiales calidad, y de fomento del pluralismo político.
La lectura superficial no puede sustituir a la lectura profunda. Agustín de Hipona lallamaba lectio, ejercicio de recogimiento; Rilke la imaginaba como un modo de formar alma; Paulo Freire insistía en que leer el mundo precede a leer la palabra, pero que sin palabra no hay emancipación posible. Lo que reflejan los datos del MOLEC es que vivimos en un país donde muchos leen, pero pocos se transforman a través de la lectura.
Nuestra política cultural debe preguntarse no solo cuántos leen, sino cómo, qué y para qué. Necesitamos bibliotecas vivas, estrategias de mediación lectora, renovación de programas editoriales públicos, articulación entre escuela, familia y comunidad. Necesitamos, sobre todo, devolverle a la lectura su carácter de experiencia humana plena: un modo de despertar, como diría Zambrano, a la claridad de la existencia.
Investigador del PUED-UNAM