La semana pasada, apenas 15 días después de haber iniciado los trabajos en la Cámara de Diputados – y de los cuales se tomaron una semana completa para descansar–, el diputado plurinominal Sergio Mayer Bretón solicitó licencia para participar en un reality show en Estados Unidos: “La casa de los famosos”.
Esta decisión generó una ola de críticas y trajo a la memoria lo señalado por Rafael Barajas, conocido como el Fisgón, director del Instituto Nacional de Formación Política de Morena, acerca de que varios integrantes del partido requieren “cursos urgentes y prolongados de ética y austeridad”, para entender su papel como parte de la Cuarta transformación.
¿Es legítimo criticar la decisión del legislador? En términos de su responsabilidad como representante, es absolutamente necesario, especialmente por la justificación que brindó. Sin profundizar en detalles, Mayer dijo que utilizará ese espacio para promover la importancia de la cultura latina en los Estados Unidos. ¿Es que acaso un doctor en administración pública, dos veces diputado y expresidente de la Comisión de Cultura, no comprende el alcance de su investidura y el uso que le puede dar para dar a conocer estos temas? ¿Es necesario entrar a un programa que exalta el narcisismo para expresar lo que no ha dicho en tribuna?
Si su intención era comunicar sus ideas, bien pudo haber aprovechado las seis iniciativas que ha presentado en el año y medio que lleva esta legislatura, pero no lo hizo. Pudo haber utilizado su única proposición presentada para visibilizar su pensar, pero tampoco ocurrió. Al parecer no era el espacio indicado. El medio ideal para hablar, para expresar, para alzar la voz resultó ser un programa que ha sido frecuentemente señalado por banalizar la cultura y exacerbar el morbo social.
Sobre esta cuestión el coordinador de la bancada de Morena ha dicho que el partido debe “elegir mejor a sus candidatos”. Ante esta respuesta surge una duda razonable: ¿era necesario llegar a esta situación para revisar los perfiles? Hablo no solo de aquellos que demuestran nulo interés en sus funciones, sino de todos los que generan controversias y afectan la imagen del partido en el poder.
Ya he señalado (AMLO desde la visión de Scherer) que Morena se levanta y legitima en una fuerte imagen ética. El discurso oficial sostiene que “no son iguales”, que existe congruencia entre el decir y el hacer y, sobre todo, que trabajan por el beneficio del pueblo. Pues bien, cabe cuestionar: ¿Qué beneficio obtenemos las personas cuando sus representantes abandonan el cargo en momentos que se discuten temas muy importantes para el país para encerrarse en un estudio de televisión?
Esta situación, se quiera o no, suma una piedrita más a las contradicciones que viven Morena y el gobierno, porque evidencia que las expectativas que ellos mismos se impusieron parecen haberles quedado muy grandes, por más que digan lo contrario. Ante esto solo recordemos aquello que Andrés Manuel López Obrador mencionaba con mucha claridad: “el pueblo no es tonto, tonto es el que piensa que el pueblo es tonto”. Es importante recordar esto para el futuro próximo.
En su obra El político y el científico, Max Weber sostenía que quienes se dedican a la política deben poseer vocación; esto implica entender que no se debe vivir de la política, sino para ella. Dicha entrega requiere pasión, responsabilidad y mesura, cualidades que parecen desconocer muchos que hoy ejercen el poder. Un curso que incluya la lectura de esta obra no les caería nada mal. Quizás aquellos que estarán días bajo llave deberían aprovechar el encierro para leerla también y así entender, cuáles deberían ser sus prioridades.