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López el inquisidor 

López el inquisidor 

Columnas viernes 24 de abril de 2020 - 01:00

En su inmortal artículo “¿Qué es la Ilustración?”, el filósofo I. Kant hace un llamado a los gobernantes para que no intervengan en la actividad creativa de los estudiosos que educan el criterio en la sociedad. Al igual que Aristóteles, Kant cree que los ciudadanos son un producto premeditado; el proceso final de un complejo desarrollo de capacidades que inevitablemente despiertan el sentido crítico de la vida social, sin el cual, los seres humanos nunca pasarán de sujetos dependientes, de humildes criaturas sometidas a las determinaciones de sus gobernantes que hacen las veces de padres amorosos; de machos proveedores que deben nutrir al menor de edad porque éste, impedido en sus facultades críticas, asume su mansa posición de ente dependiente al que le conviene cerrar la boca, o llenar de elogios al amoroso padre, para que no se le despoje de las sagradas migajas que el gobernante le arroja.

Los pueblos autoasumidos como dependientes, han sido motivo de estudio y desprecio por buena parte de los grandes estudiosos de la política; una tradición que nos lleva de Maquiavelo, a Rousseau y Kant, coincidiendo en el papel que en todo esto juegan los gobiernos. Las tiranías no solamente se caracterizan por el ejercicio arbitrario del poder, sino también, por la actitud despectiva hacia la construcción de ciudadanos, por su menosprecio a las instituciones y a los estudiosos que en un franco uso público de la razón, exponen sus planteamientos a la opinión pública, en un diálogo en el que posturas a favor o en contra se deben de manifestar sin la intromisión del gobernante en turno. Si el gobernante interfiere en la dinámica comunicativa pública, dado su carácter de autoridad con poder efectivo, inmediatamente alertaría las sospechas de un uso desproporcionado de los recursos a su alcance, comenzando por el mayor de ellos: la censura.

La censura no implica simplemente la persecución y castigo de los especialistas, es también una acción claramente violentadora de la dignidad intelectual de los estudiosos: la calumnia, el menosprecio, la burla o la directa acusación (con mayor fuerza en caso de no favorecer al tirano) forman parte de esos dardos lanzados desde el poder, provocando la inmediata movilización de los partidarios del gobernante.

Que en México tengamos un presidente que abiertamente lanza sus diatribas desde su espectáculo mañanero, señalando medios y acusando a la prensa por no serle favorable, nos recuerda precisamente a esos personajes despreciados por la historia que sirven de ejemplo para demostrar lo que un buen gobernante no debe de hacer. Kant elogiará a los grandes gobernantes constructores de instituciones, protectores de estudiosos, favorecedores del proceso de ilustración en las sociedades que no deben terminar como ejecutores de venganzas, o dependientes infantiles de limosnas claramente amañadas.

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/CR

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