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Columnas
La semana pasada conocimos una cara más del horror, una faceta más de lo que nunca debió suceder en nuestro país y que en una nación normal deberían ser llamados a cuentas desde aquellos que "patearon el avispero a lo tonto", hasta quienes colmaron a las abejas de abrazos y las acusaron con sus mamases y sus abuelitas para que se portaran bien, abdicando de su obligación constitucional.
El horror en toda su expresión, un suceso que en un país normal debería ser causa de cuando menos un día de luto nacional y no una fiesta en el Zócalo para festejar la "gesta heróica" de haber logrado que la bestia naranja de la Casa Blanca nos pospusiera por 30 días más la aplicación de aranceles, lo que según sus dichos nos dejó a todos los mexicanos muy felices, y más porque en unos meses seremos el "país más democrático del planeta" con la elección de jueces y ministros, un absurdo más de quienes están diseñando su país, el país de ellos claro.
Pero regresando a la barbarie, al horror, muchos ejemplos podemos poner, muchas cosas podemos decir, infinidad de masacres, de esas que el sexenio pasado desaparecieron por obra y gracia del mesías, el "mejor presidente de la historia de la humanidad", según dicen.
Sin embargo, hoy basta con decir una palabra para definir el horror que vive un país como este, y del que lastimosamente ni siquiera los propios mexicanos nos hemos dado cuenta ocupados como estamos en tantas otras cosas menos en las que de verdad deberíamos: Teuchitlán.
Por si usted amable lector no sabe todavía lo que representa Teuchitlán, déjeme decirle que es el horror en su máxima expresión, la barbarie, la sangría de un país, la miseria humana en su máxima expresión.
En el municipio de Teuchitlán, Jalisco, concretamente en la localidad de La Estanzuela en el rancho Izaguirre, el colectivo Guerreros Buscadores de Jalisco hallaron objetos personales como ropa, zapatos, carteras, mochilas e incluso identificaciones, y además de todo eso, que ya es preocupante en un país como México y en los tiempos actuales, también hallaron restos óseos en al menos tres crematorios clandestinos, un horror sin descripción.
El sitio era al parecer también un campo de adiestramiento operado por el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), el grupo criminal dominante en ese estado y en la región, y recientemente nombrado como Grupo Terrorista por el gobierno del presidente Donald Trump, hecho que molestó sobremanera a quien juró aplicar la Constitución y las leyes que de ella emanen, asumiendo una sospechosa defensa de algo que es indefendible y que le recuerdan cada que se puede desde más allá del río bravo.
Se calcula que en ese sitio habrían sido sacrificadas al menos 400 personas en años anteriores; ya había sido intervenido por las "autoridades", pero por algo que solamente sucede en México, volvió a dejarse en manos de los criminales para que regresaran a hacer lo que saben hacer.
Y así, con este tipo de noticias, con el horror en su máxima expresión, defendemos a nuestros narcos y nos envalentonamos desde palacio nacional porque los consideran Grupos Terroristas; estas bestias humanas son defendidas desde la más alta investidura del país, quizás aplicando la máxima del mesías,ese que tanto admiran y al que no se cansan de halagar: "el narco también es pueblo".
Lástima, la investidura y el cargo no alcanzan para mirar el horror en toda su expresión, solo alcanzan para hacer fiestas en el Zócalo.
Sí bien, este vergonzoso episodio de México no se explica sin hechos y personajes del pasado, sin duda es la máxima expresión de lo que provocó una política estúpida de seguridad que en realidad estaba diseñada para cuidar la investidura del mesías, y cuidar del "pueblo", porque "el narco también es pueblo".
Al término de la segunda guerra mundial el mundo se horrorizó al descubrir la miseria humana de los campos de concentración y exterminio operados por los alemanes en muchos países que invadieron durante el conflicto armado, quizás el más conocido fue Auschwitz, pero no el único.
En México basta una pensión bimestral y una fiesta en el Zócalo llena de acarreados con su torta, su refresco y sus 500 pesos, para olvidar el horror y hacer como que lo sucedido en Teuchitlán Jalisco, es poca cosa, así de miserables somos como mexicanos con nuestro país, y con nuestros semejantes.
Pero nada ni nadie lo podrá ocultar, la historia tarde o temprano los juzgará, nos juzgará a todos. Mientras, esta gran tragedia nacional, una más, que no mereció más allá de un "sin duda lamentable", desde la más alta investidura de este país, regocijada con su baño de "pueblo bueno y sabio", bien merece ser conocida como: Los abrazos de Auschwitz. Todos sabemos porqué y por quién.