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Los libros en la encrucijada

Los libros en la encrucijada

Columnas lunes 04 de enero de 2021 -

La lectura, sus procesos textuales, históricos y su relevancia social siempre ha despertado el interés de diversos sectores de la cultura, la escuela y los gobiernos, que suelen promoverla mediante un conjunto de programas sociales complicados, amorfos y normalmente ajenos a los intereses de la población y, especialmente, de los jóvenes.
Las estadísticas a nivel mundial arrojan cifras preocupantes, sobre todo en los países del llamado tercer mundo, respecto a la capacidad lectora, cuyo indicador básico es la comprensión y el número de obras leídas por año. México, según la prueba PISA de 2018, ocupó el lugar 53 respecto a esta habilidad y los mexicanos, en promedio, leen menos de dos libros por año. Las naciones mejor posicionadas en este rubro fueron Singapur, Canadá y Japón.

El déficit de la lectura despierta pasiones y enconos cercanos al mesianismo, la profecía, la predicción catastrofista o el entusiasmo desbordado, sin sustento en la realidad. José Vasconcelos, por ejemplo, creyó en los libros y los distribuyó a lomo de mula por varias zonas de la orografía nacional entre la población analfabeta, que bien pudo usar dichos materiales de tejabán o combustible para protegerse de los elementos naturales.

Hay, asimismo, un amplio sector de intelectuales tocados por la nostalgia, creen que antes se leía más, porque los adolescentes no tenían los distractores de ahora como la televisión, los celulares, las redes sociales y los millones de recursos y trampas que ofrece la gran telaraña electrónica, mejor conocida como la triple W, que bien pudiera vincularse al número 666, que era el símbolo de la bestia en el Apocalipsis de san Juan.

Para ellos, el libro está condenado a su desaparición por influjo del mundo virtual, donde se lee y se escribe para un publico sin rostro, nacido de las pulsaciones electrónicas, acaso para una especie de criaturas extraterrestres, que suelen comunicarse mediante ondas de radio de alta frecuencia.

Esta postura sería comprensible en autores como Franco Ferrarotti que ha dedicado su vida al libro y le otorga la condición de sustancia espiritual: “me acerco al libro –dice– como a un alimento exquisito”. De ahí su polémica ruidosa con Marshall McLuhan, quien desde los años setenta profetizaba el imperio de lo audiovisual y el fin de la revolución gutenberiana; aunque en el arte de la predicción, también los grandes inspirados fallan, pues McLuhan pensaba que “la televisión era la prótesis fundamental del hombre contemporáneo”, pero ese honor corresponde, hasta ahora, al teléfono celular.

En medio de esta polémica espinosa, destaca el idealismo color de rosa de quienes consideran que ahora se lee y escribe más y mejor, pues los muros de los blocks, los chats, el Twitter y sus derivados, impulsan la creatividad de nuestros jóvenes, quienes ya no tienen que sufrir el anonimato de los poetas románticos para ser leídos, reconocidos y festejados, ¿será verdad tanta belleza?


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