Las palabras importan. Pesan. En democracia son indispensables, pues estructuran la vía ciudadana de la deliberación informada, la convicción republicana y la persuasión política. Por siglos enteros la retórica ha sido la herramienta fundamental de la libertad republicana, y expresión sempiterna de la resolución civilizada de las controversias.
En uno de los más importantes discursos del Siglo XXI, María Corina Machado, ganadora del Premio Nobel de Literatura, alegó con elocuencia, al recibir el galardón, que las acechanzas que se ciernen sobre nuestras democracias no son menores ni pasajeras, y mucho menos, regionales.
Igualmente, que el carisma no sustituye nunca al Estado de Derechos y que la herramienta cobarde de la polarización política, termina permeando hacia la sociedad, degradando la fibra comunitaria, el sentido de pertenencia, de identidad nacional y la paz del conjunto entero.
Nos hizo recordar también que siempre, siempre, siempre el amor vence al miedo y, en un retruécano ilustrado y aristotélico, sin decirlo expresamente, nos hizo ver que el amor a la paz, a la democracia, a la verdad y a la libertad, es fundamentalmente más fuerte que todos sus contarios. Del mismo modo, que el coraje siempre derrota a la opresión.
Y en el uso más eficaz, sofisticado y profundo de la triada que nos enseñaron y que enseñamos en retórica y en oratoria, declaró que la suya era, es, una lucha ética, por la verdad; una lucha existencial, por la vida; y una lucha espiritual, por el bien.
El discurso entero es una pieza efectiva de comunicación política y gratitud humana. Es de la dimensión de las más grandes peroratas de la historia. Es una admonición electoral y una promesa ciudadana: a Miraflores regresarán la cordura, la decencia, la compasión, la integridad y la seriedad. Sí, la justicia tarda, pero llega.
Sin embargo, me quedo con una frase extraordinaria de su hija, Ana Corina Sosa Machado que, sofisticada, reafirmó: “cada ser humano posee una dignidad soberana”, que es en realidad el núcleo central de todo emprendimiento democrático.
Mordaces e incisivas, madre e hija alegan que la libertad no es algo que debamos esperar, sino algo a lo que debemos dar vida, y que la democracia es una decisión personal, consciente, cuya práctica cotidiana moldea una ética ciudadana que debe renovarse cada día. Es decir, que, así como las personas y las sociedades somos procesos, nuestros gobiernos deberían serlo y también nuestras democracias.
La lección es que la democracia es una aspiración planetaria (por el derecho a la esperanza), y es parte de un patrimonio político generacional que estamos obligados a defender aun a costa de las peores indignidades, persecuciones y amenazas (por el derecho al futuro), para entregarles a nuestros hijos y nietas un mejor mundo, una mejor gobernanza y claro, una más viva y resiliente democracia.
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