Narra Heródoto en su Historia, que cuando los atenienses consultaron al oráculo de Delfos, ante el terror de la invasión persa a la Hélade, que cómo defenderían su ciudad frente a semejante peligro, la contestación fue: “con los muros de madera”. Las autoridades áticas, en su interpretación, asumieron que la respuesta se encontraba en la flota -hecha de madera-, donde sacarían a todos los ciudadanos.
Evacuar la grandiosa polis, implicaría llevar a parte de los ciudadanos a un cercano lugar, para que los otros protegieran a su patria. Los ciudadanos defienden sus instituciones, tal como la gloria ática, encabezada por los generales Milcíades y Arístides, comprendiendo que la patria son las leyes e instituciones que confieren sentido de existencia a la propia noción de ciudadano.
El ciudadano es un ente responsable, no atado a la lealtad de un gobernante por otra cosa que la comprensión del bien de la sociedad conjunta, y no por recibir dádivas a cambio, por convertirse en el personal patrimonio de un líder que cambia lealtades por prebendas, distorsionando el sentido de la ciudadanía, para arrojarlo al basurero de la masa. La masa no es ciudadanía, pues si a la segunda la definen sus instituciones, a la primera no la define nada, sino el caos, y ese es el lugar del desastre parecido al que le ocurriera a los invasores persas que creyeron que por su numerosidad destruirían a un ejército de ciudadanos.
La batalla de Maratón marca el fin de la Primera Guerra Médica, y el primer triunfo de una Liga Helénica que aglomeró lo mismo a atenienses que a espartanos, a tebanos y corintios, que más allá de sus rivalidades y diferencias, nada pudo unirlos mejor que el desprecio a una masa esclava liderada por un déspota carismático, que si bien presumía su tumulto, jamás pudo con el arma secreta de esos pueblo griegos menospreciados: la estrategia.
La estrategia implica un plan de acción perfectamente diseñado, pero la fuerza de la estrategia, radicó en el profundo amor de los ciudadanos helenos por sus instituciones y sus leyes, pues su lucha, a diferencia de los esclavos, no era para mantener al déspota y a su séquito, sino para defender su forma de vida y la manera de elegir a sus autoridades no a capricho del tirano, sino según las normas de una democracia ya existente, que en su momento ha exigido de sus hijos, la vital defensa en contra de la barbarie.
Unos cuantos ciudadanos aplastaron contundentemente al poderoso testaferro del Rey Jerjes, el general Mardonio quedó acorralado por la incapacidad de su propia cantidad, que significó la ventaja para la flota helena, menos numerosa. Normalmente el tumulto se ahoga en su propia cantidad, y en su soberbia torpeza.