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Columnas
Todavía hay quienes tratan de manchar la imagen de algunos políticos por el simple hecho de haber pertenecido al PRI, al PRD, y otros viejos partido. Es como si a los periodistas se les culpara de haber trabajado, en algún momento, en los medios tradicionales, convencionales y tendenciosos. No había de otros y había que ejercer la profesión, aunque hubiera autocensura en las respectivas mesas de redacción.
No había internet, ni medio alternativos, ni redes, ni canales o plataformas que abrieran sus espacios a la verdad en cuestión de periodismo, y algo similar sucedía con los partidos políticos más añejos del país.
Los políticos deshonestos manchan su profesión, lo mismo que los periodistas que mienten por consigna. Ambos dejan de ser políticos o periodistas en el momento en que incurren, voluntariamente ya veces por dinero, en estas acciones.
Desde luego que ni el partido de origen ni el medio en el que un comunicador empieza a trabajar marca su línea de trabajo. Ejemplos hay muchos, pero también hay ejemplos donde se adoptan las conductas corruptas como una asignatura de la universidad, tanto en los políticos como en los periodistas que, afortunadamente, son una especie en extinción.
Así, los políticos sean hijos, nietos o tataranietos de políticos y no son honestos dejan de ser políticos para convertirse en delincuentes; lo mismo sucede con los periodistas que no dicen la verdad y mienten por consigna o dinero: en ese momento dejan de ser periodistas.
Porque algunos creadores de montajes, desmentidos decenas de veces, exhibidos como mentirosos, tergiversadores, tendenciosos, fantasiosos, insisten en ser denominados periodistas y se dicen periodistas ofendidos cuando los desmienten y desprecian.
Al final de los 40 el entonces presidente de Chile, Gabriel González Videla, represor sin precedente en la historia reciente de ese país, sólo superado por Pinochet, persiguió al poeta Pablo Neruda por el simple hecho de hablar mal de él. Tenía a toda la prensa comprada. En una sociedad cómplice de la que no es ajena la historia de políticos y periodistas mexicanos. Una vez que el poeta, premio Nobel de Literatura 1971, huyó atravesando Los Andes hacia Europa. Ese dictador aseguró que el Pablo Neruda que aparece en París, era un usurpador, porque el verdadero Neruda estaba preso en las cárceles de Chile. Los periodistas chilenos adoptaron, como propia, la versión oficial.
Ejemplo, sin duda que ilustra esta complicidad que es propia de América Latina, donde similitudes hay muchas. Si se busca encontrar culpables en los orígenes de las instituciones públicas o privadas debemos tener conciencia que las instituciones se corrompen luego de un tiempo de existir, así sucedió en México con la política y el periodismo. La evidencia está al ver a los medios más antiguos y convencionales del país dar noticias triviales y alarmistas.