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México, sus muchas ventanas rotas que fomentan la violencia y el crimen, y erosionan el Estado

México, sus muchas ventanas rotas que fomentan la violencia y el crimen, y erosionan el Estado

Columnas miércoles 11 de octubre de 2023 -


Hace pocos días, en un video de las redes sociales, redescubrí el caso particularmente desgarrador de la población de Chinicuila, en Michoacán, la cual, desde 2021 se ha convertido prácticamente en un pueblo fantasma, un macabro escenario de abandono y desesperanza. Sus habitantes, alguna vez firmes y esforzados optaron por abandonar sus hogares, eligiendo enfrentar los inciertos y peligrosos caminos de la migración, ya sea dentro de las fronteras de México o aventurándose hacia Estados Unidos, en lugar de permanecer un segundo más, bajo el señorío opresor de la delincuencia organizada.

El video revela la barbarie con la que actúa la delincuencia. Ya sea bajo el manto cómplice de la noche o a plena luz del día, les intimidan, asaltan, disparan y despojan de sus ya de por sí precarias posesiones a los pobladores que han tenido la desgracia de residir en zonas a merced de estos grupos criminales. El material periodístico es una crónica visual de la pesadumbre y el dolor y muestra cómo los integrantes de los cárteles –probablemente allí el del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG)–, disparan sin misericordia contra sus viviendas, un acto de violencia que ha obligado a sus habitantes a abandonar sus tierras, sus recuerdos y sus vidas. La violencia inhumana ha dejado atrás un pueblo –como ya hay cientos en México–, que ahora están reducidos a un silente testimonio de la brutalidad y la anarquía, con la complacencia y desinterés de quien habita en Palacio Nacional.

La estrategia de "abrazos, no balazos" resuena con una ironía cruel en las calles vacías de muchas partes de México, donde las casas perforadas por las balas y las calles desiertas cuentan una historia de terror y abandono, un relato que se ha vuelto ominosamente común en diversas regiones del país. La situación en México respecto a la seguridad y la violencia ha sido un tema de discusión y análisis profundo en los últimos años, especialmente considerando los niveles de violencia y criminalidad que se han observado y se han convertido en un símbolo de la descomposición social y la pérdida de control estatal en muchas áreas del territorio nacional.

En marzo de 1982, los criminólogos estadounidenses James Q. Wilson y George L. Kelling introdujeron al mundo la "Teoría de las Ventanas Rotas" a través de un artículo en la revista The Atlantic. La teoría propone que el desorden visible y no controlado en un entorno, como ventanas rotas, graffiti y desechos, puede conducir a un aumento del crimen y la antisocialidad. Su argumento se basa en la premisa de que los pequeños desórdenes, si se dejan sin control, crean un ambiente que es propicio para el surgimiento de desórdenes mayores. La idea es que, si una ventana rota se deja sin reparar, transmite la idea de que nadie cuida, y puede incentivar a las personas a romper más ventanas, graffitear paredes, y eventualmente, involucrarse en crímenes más graves.

El analista Ricardo Márquez Blas –consultor independiente en seguridad y prevención de delitos, y exdirectivo de la Unidad de Información de Seguridad Pública de la Comisión Nacional de Seguridad (CNS)–, en su artículo La Derrota del Estado Mexicano publicado en julio del año pasado por el Woodrow Wilson International Center for Scholars, con sede en Washington–, describe un panorama donde el Estado mexicano está técnicamente derrotado, ya que la pacificación y recuperación del orden están más allá de sus capacidades actuales. Se ha perdido el control territorial en diversas zonas, donde la soberanía y gobernabilidad han sido usurpadas por organizaciones criminales como resultado de la incapacidad e insuficiencia institucional y estrategias de seguridad inadecuadas.

En su texto, se refiere a la “pax narca” –especie de acuerdo o pacto impuesto por el crimen organizado en ciertas regiones–, que da la sensación de orden y estabilidad, aunque sea precario y violento, a menudo llenando el vacío dejado por un gobierno ausente o ineficaz. Esta "paz" viene con su propia forma de violencia y coerción, pero también puede traer una forma distorsionada de estabilidad: los cárteles pueden establecer reglas, resolver disputas y proporcionar ciertos "servicios" en las áreas que controlan, todo mientras mantienen a raya a otros grupos rivales y formas de violencia.

Por otra parte, las relaciones con EU, han sufrido un deterioro inobjetable. Principalmente el gobierno de Joe Biden ha expresado preocupaciones y críticas sobre la estrategia de seguridad mexicana y el control territorial de los cárteles, pues, como es ya evidente, el crimen organizado ha tomado control de las actividades económicas esenciales en diversas zonas, imponiendo representantes populares y controlando desde la producción hasta la comercialización de mercancías y se han exacerbado las extorsiones y violencia, para mantener el control territorial. Así también, considera que la capacidad del Estado se ha reducido y se ha observado una erosión significativa de las capacidades de las fuerzas armadas, lo que ha permitido un aumento de la impunidad y la criminalidad y su eficiencia operativa ha disminuido, incluso en zonas estratégicas.

Ahí está la afirmación del General Glen VanHerck, jefe del Comando Norte de Estados Unidos, quien, a mediados de marzo de 2021, indicó que entre un 30 y 35 por ciento del territorio mexicano está bajo control de los cárteles del narco y la delincuencia organizada. La declaración no solo resalta una alarmante realidad, sino que también pone de manifiesto la profundidad y extensión de la crisis de seguridad que enfrenta México; ya no es solo una cuestión de política interna, sino que se ha convertido en un tema que afecta directamente a los intereses y la seguridad de EU. Y aplicando la teoría de las ventanas rotas al contexto mexicano, se puede observar cómo la falta de acción efectiva y estratégica por parte del gobierno ha permitido que la criminalidad se arraigue y expanda, afectando a comunidades enteras como Chinicuila, la que me motivó a esta reflexión.

Debo decirlo con todas sus letras: la violencia y el desplazamiento forzado son una manifestación palpable de la erosión brutal del Estado; la soberanía y gobernabilidad se han fragmentado y muchas poblaciones se han rendido ante el empuje de la delincuencia organizada. Ello es un recordatorio descarnado de que la descomposición social, no es sólo la prevalencia de la criminalidad, sino también del deterioro de la confianza en las instituciones y la pérdida de esperanza en un futuro seguro y próspero, y es un indicativo de cómo se ha infiltrado en la estructura socioeconómica del país. Un panorama aterrador y al parecer, sin solución a corto plazo.

Exdiputada federal, asesora de la AC Impulsa y colaboradora del STUNAM

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