Por Amante del Buen Comer
El mundo digital hace que nuestras comunicaciones ya no sean exclusivamente voz o texto. Es más, ahora gran parte de lo que usamos son imágenes en diferentes formatos (fotografías, videos, memes, stickers o gifs). Pensar que esto no es parte de nuestro lenguaje y quedarnos en la vida purista de las letras, es negar la evolución del propio ser.
Hace un par de días subí un meme en mi página de Instagram (@adelbuencomer) que decía “¿En dónde te ves en 5 años?” y abajo de ella la imagen de una persona entrevistada en un noticiero y su referente profesional decía “experto en pan de ajo”.
Varios de mis seguidores me escribieron diciéndome en qué serían expertos, pero uno de ellos me hizo la pregunta a mí. El mensaje lo vi justo cuando estaba en mi cena personal, en el restaurante Cluny.
En psicología existe el término savoring cuya traducción literal es “saborear” y si bien esta viene del mismo concepto culinario, en el campo de la salud mental, esto se refiere al placer que generan momentos cotidianos si los mismos se disfrutan en plenitud en el aquí y en el ahora (como parte de las técnicas de mindfulness).
Así, esta cena personal (es decir conmigo misma), es parte de mi “tarde de apapacho”, una tarde de la semana en la que, una vez terminadas mis labores en la oficina, me dispongo a ir por un masaje o facial, seguida por mi clase de meditación, para terminar con el mismo plato en el mismo restaurante: la ensalada Bistrot.
Si bien no soy fan de las ensaladas (pero que sé que tengo que comerlas porque son buenas a la salud) y mucho menos empatizo con las lechugas (que considero insípidas, hipócritas y malhechoras -porque a muchos nos inflaman si las consumimos en exceso), esta ensalada ha venido a ser la respuesta que di a mi seguidor, incluso antes del amor de mis amores: los tacos al pastor.
¿Por qué no dude en responder “la ensalada Bistrot del Cluny”? Por qué hoy, mi relación con esta ensalada, creo que va más allá del plato mismo. Es representante digna del savoring en mi vida y fiel cómplice de lecturas, pensamientos (profundos y vagos), auto análisis, redacción de columnas (como esta), iluminaciones y momentos de paz mental (que son de los que más valoro en mi existencia).
Desde que escojo la mesa, el momento es mío, es único. A diferencia de la mayoría de los comensales que visitan el lugar con cierto grado de formalidad, yo tomo mi mesa en la terraza en mi ropa deportiva, cómoda para mi meditación. Los meseros, siempre amables, me ofrecen la carta, a pesar de que algunos de ellos ya me conocen y tímidamente me dicen “o ¿Le mandamos su ensalada, como siempre?”.
Una vez instalada, me dispongo a leer algunas páginas del libro en turno y a los pocos minutos aparece la generosa ensalada llena de color y sabor.
Confieso que disfruto el color de cada ingrediente y me gusta pensar qué abundaba más en cocina para pintar mi ensalada de un color más que de otros (col morada, lechuga francesa, arugula). En mi ritual, lo primero que tiene que eliminarse son, precisamente, las lechugas, que si bien acompañadas del aderezo Dijeon son bastante amables, son un distractor a la mezcla maravillosa del resto de los ingredientes.
Una vez que las lechugas han sido disminuidas (porque como en la guerra, difícilmente un enemigo tan poderoso es eliminado por completo), permito que el resto de los ingredientes haga su magia:
Las avellanas. No tengo duda que Dios estaba muy de buenas cuando creó estas nueces. Dulces o saladas, las avellanas son joyas caídas de los árboles, que todo lo que complementan lo hacen mágico (sino también pregúntenselo al señor Ferrero). Con ellas, me gusta pensar en el humor del chef y que cuando más avellanas pone en mi ensalada, es porque está más de buenas.
El queso de cabra. Dos maravillosos medallones levemente capeados, descansan al centro de la ensalada. ¿Mi reto? Ir haciendo cortes proporcionales que me permitan lograr que, en el último bocado, un pedacito de queso quede incrustado con una avellana y cierren con broche de oro mi velada.
Galletas de la casa con queso parmesano. Una maravilla de este restaurante Francés son los detalles en sus platos y estas galletas, una por esquina, cual torres de ajedrez, son uno de ellos. Crujientes y sabrosas, cada galleta sirve de cubierto para detener a las inquietas lechugas y ensamble del queso, para terminar en el bocado feliz.
Podría seguir describiendo más y más de mi ensalada y yo, pero creo que es momento de dejarte a ti, lector y amante del buen comer, encontrar cuál es ese plato que te lleva al savoring, a tu paz y a tu placer.
Buen provecho.
Amante del buen comer